Fue una tragedia inesperada. Nos agarró con el sueño fértil y la noche apacible. Todo fue de luto y polvaredas. Esto escribí entonces:


"Debió haber en el aire tenso un mensaje que nadie se atrevió a leer, salvo que tuviese la osadía de los brujos, la desfachatez de los gitanos o la llaneza de los niños.

 

 


Esa mañana del 23 de noviembre de 1977, igual que otras, ingresaban al día los recolectores de basura y volvían de la noche los bohemios. A las seis, todo estaba como siempre, cada cosa en su lugar, cada sueño por aterrizar, cada calle con sus silencios, salvo el aire, ese extraño aire en el que -de golpe- se encaramaron los ladridos de los perros copando el sueño y las esquinas. Acto seguido la tierra se retorció, lloró, tiritó, pataleó y se hizo pedazos contra nuestros asombros. Un nuevo terremoto nos ponía a prueba. Hubo algún hombre que se asustó y murió, una mujer que dio a luz y un borracho que volvió a revolcarse".


De esa sorda evocación del miedo, algo que me marcó a fuego fueron las huellas que el siniestro dejó en las afueras de la ciudad. Vi calles divididas por fisuras del tamaño de una zanja, ranchitos aún tiritando, gente humilde que no podía entrar a recuperar de las ruinas sus escasas pertenencias, perros murmurando sones extraños, abuelos con la vida derrotada, mirando al suelo; poblaciones convertidas en una asamblea de ruinas, silencio, áspero silencio con acre olor a miedo, profundo pavor que se había instalado en la mirada cristalina de los niños y en la primavera dañada de las muchachitas. Volaban como al descuido algunos pájaros de plomo, buscando las márgenes de un cielo huidizo. Escapaba de todo el agua desencontrada en cunetas destrozadas. Los sauces lloraban como sólo los sauces pueden hacerlo, vencidos y en cataratas de verde derrotado.


Fui en esos momentos un alma en pena flotando en el medio de un día ensangrentado de asombros. En una callecita de Médano de Oro, dos familias separadas por una grieta, se miraban como quien se despide para siempre en una estación. Un gato no quería bajar sus noches del cañizo; el mundo de sus andanzas se le había desplomado, como a nosotros, sin previo aviso y cataclismo mediante.


San Juan fue, una vez más, un montoncito de lutos estrujados en las manos de Dios, una flor helada en pleno apogeo, un árbol urgido en muertes desde sus mismas raíces. El 77 nos cayó a pique en la inocencia y la ilusión.


Doblegados, zorzales y jilgueros se llamaron a mutismo. Sus clarinadas de vida pura, de ingenuidad en vuelo, nos privaron por unos días del ensueño y la virtud.


Esa noche, muchos durmieron bajo el amparo de estrellas llorosas. Los búhos no salieron a cazar insectos y roedores; era imposible saber en qué escondrijo de las sombras habían depositado la tristeza.