Cuando una sociedad esta mal, es decir cuando es evidente la falta de armonía en casi todos sus procesos y surge la indiferencia entre las personas, aparecen conductas que de alguna manera están al margen del sistema socio-cultural y que, por lo tanto, deben ser percibidas para no tenerlas en cuenta. Se trata, casi siempre, de los roles de los mensajeros de la desconfianza. Y, la desconfianza genera esa atmósfera social en la que nadie confía en nadie ni en nada. Cuando ésto sucede, se abre naturalmente una puerta a la desesperanza que luego costará cerrar.

Lo observable. Hay un desgaste no en la condición humana pero si en la conducta de las personas que se advierte fácilmente en las calles, en los negocios, en las instituciones y en las opiniones que los medios de difusión recogen. La disparidad de opiniones sinceras muestran la diversidad del pensamiento y ello enriquece un tema pero a veces aparecen tendencias que esconden algún propósito destinado a erosionar a la sociedad y o a su cultura.

Esto es lo que pasa -también- cuando se falta a la verdad oficialmente, cuando la tribuna oficial -sea cual fuere su jurisdicción- se utiliza para anuncios no ciertos o para responsabilizar a quien se considera el enemigo partidista en cuestiones que afectan a mucha gente. Un hecho indecente y lejano de la tolerancia y de la flexibilidad.

Una mirada global pero más profunda sobre la situación descripta puede indicar que se ha producido en la sociedad un proceso que empezó con la pérdida del significado de la palabra para derivar -luego- en la falta de sentido de una acción. Por ejemplo, se anuncia una transformación en el sistema educativo pero como ésto ha sucedido otras veces sin que nada se cumpliera, la gente no cree más. Y, si pese a la falta de fe, el operativo se concreta se advierte rápidamente que es tildado como débil e incompleto. Pero nunca satisface. Se ha perdido la credibilidad.

Pero ¿qué pasó, en realidad?. La conducta humana a través de ideas impuestas juega malas pasadas y ello impide ver las cosas en su verdadera dimensión. Ésto sucede a menudo y tiene dos aspectos fundamentales: el argentino ha sido públicamente traicionado en forma reiterada y -como consecuencia- ello le impide a veces ver la realidad.

Sí, en nuestra sociedad opera fuertemente la desconfianza, actitud que siembra hostilidades. Podemos encontrar ejemplos en distintos terrenos y algunos dolorosos. En el político la gente o se apoya o se enfrenta, desconoce el equilibrio. En el primer caso abrazan las ideas y la defienden con una posición de máxima, en el segundo se elaboran teorías destructivas que impiden la fe del ciudadano. Consecuencia. Para un sector de la ciudadanía la política es una actividad que no se respeta y que a veces produce indiferencia hacia el voto, que es la herramienta más útil de la democracia.

Cómo salvarse. Si se mira a la sociedad como un contexto común y se observa al hombre en su condición de participante, aparecen los verdaderos valores del bien social y el pleno derecho de la persona a desarrollarse a través de sus ideas, de su trabajo, de sus creencias y de sus sueños. Esta es una realidad que, como consecuencia de la desconfianza entre personas y grupos, se ha perdido de vista.

El otro costado de la cuestión. No es posible progresar cuando se vive en la confusión porque no es un estado en el que puedan aparecer los frutos positivos de la acción del hombre. Maestros del pensamiento han demostrado que el hombre evoluciona yendo de una a otra crisis y de un conflicto a otro. Es lo que ocurre naturalmente en la vida de todos y esas crisis y conflictos son los obstáculos que se necesitan para desarrollar la fortaleza humana. Es un campo de fuerzas diferente al que genera el hombre inútilmente perdido o enredado en sus ambiciones o en sus desalientos individuales.

El gran interrogante es cómo detectar fácilmente las diferencias y habrá infinitas respuestas pero ellas tienen un coeficiente común: o se piensa sólo para sí mismo o se lo hace para sí mismo pero dentro del ámbito social al que se pertenece. Es la diferencia entre el yo y el nosotros. Algo que supieron quienes sufrieron de verdad.

El ejemplo de un poeta. Paul Eluard -poeta francés que vivió las dos guerras mundiales- nunca pudo escribir sin tener presente las necesidades universales del mundo. En La muerte, el amor y la vida (1951), escribió: Los hombres están hechos para entenderse/ Para comprenderse para amarse/ Tienen niños que se volverán padres de hombres/ Tienen niños sin fuegos ni lugar/ Que reinventarán el fuego/ Que reinventarán los hombres/ Y la naturaleza y su patria/ La de todos los hombres/ La de todos los tiempos.