Cuando leí el informe del patólogo aquella tarde de verano del 2020, una solo cosa me propuse: arreglar la cama para dos. Hermosa metáfora sobre la cercanía de la muerte que popularizara Sui Géneris en la década del ’70. Sólo quiero prepararme, pensé, y perfumar mi alma para cuando me vengan a buscar. Qué privilegio del humano el tener conciencia de su propio final y poder resignificar el tiempo desde otro lugar. Pero mayor privilegio es el que me da saber adónde vamos porque tengo la certeza que da la fe, de dónde venimos.
TIEMPO DE DESCUENTO
La pregunta surgió entonces espontáneamente: ¿cómo vivir este tiempo de descuento? En el fondo era una pregunta sobre la resignificación del tiempo. Interrogante que solo puede plantearse el humano. ¿Qué significado tiene el tiempo para una roca? Ninguno, pues sí tal como dijo Aristóteles el tiempo es la medida del cambio (Cfr. "Física", Libro IV), el tiempo solo existe y tiene sentido para nosotros. En esto, debo confesar que no suscribo las frases de Rubén Darío (1867-1916) en el poema "Lo fatal", cuando afirma: "Dichoso el árbol que es apenas sensitivo, // y más la piedra dura, porque esa ya no siente". "Lo fatal" no sólo es la crónica de una visión desesperanzada, también habla de cuestiones que nos develan desde siempre, como es la fugacidad de la vida. Pero, sobre todo del tiempo como final y como juez implacable de lo vivido. Porque sin una significación que le otorgue sentido, el tiempo es como un tren que irremediablemente avanza hacia la última estación.
SOMOS PEREGRINOS
En esta vida, el tiempo nos pone es estado de peregrinaje (in status viae) hacia una perfección última todavía por alcanzar. Nunca mejor utilizado el adverbio de tiempo. Y mientras el tren avanza, el tiempo para hacer el bien se nos escapa. Como decía San Pablo "Mientras hay tiempo hagamos bien a todos" (Gálatas 6, 10)
En su relación con el bien y la perfección el tiempo tiene dos dimensiones: es presente y es futuro a la vez. Y no hay contradicción alguna. El bien al que estamos llamados, se hace en el presente, en nuestro hoy, pero todavía no está consumado. La perfección será una realidad plena más allá de la historia. De allí la necesidad de aguardar vigilantes hasta el momento de la consumación y velar el tiempo cual guardianes de la noche. Mantenernos despiertos y luchar contra el cansancio moral que devora la esperanza y el tiempo que nos queda. Con Adán y Eva o sin ellos a falta de fe, lo cierto es que existe una conciencia común de que el ser humano es como un peregrino en la tierra. A veces avanzamos decididamente hacia la meta final, otras nos autoexiliamos cuando damos la espalda a la llamada del bien. Cada cual carga con su propio destierro moral. No es inocuo rebelarse contra el bien. El tiempo puede ser un gran aliado en la búsqueda del bien, pero nunca será cómplice de nuestra desidia moral. Como dice el cantautor británico Harry Styles: "No puedes sobornar a la puerta en tu camino al cielo" (Sign of the times, 2017).
TIEMPO MUERTO
Mientras el tren avanza hacia su destino final, el bien que no hicimos es tiempo perdido. Podríamos decir que es tiempo muerto bajo los efectos de la pereza moral. De alguna manera, quedamos estancados en la vía. Atrapados en un tiempo sin sentido.
Sentada en el único vagón de este tren, veo la vida pasar por el cristal de mi ventana. No puedo cambiar el tiempo pasado, pero sí puedo vivir el tiempo presente en clave de meta final. Y ello es directamente proporcional con el bien que aún puedo hacer. Pienso en la mirada pesimista de los versos de Rubén Darío y creo que la verdadera pesadumbre no es el dolor de ser vivo al que se refiere el poeta, sino el ser consciente de que el tiempo que dejamos correr sin hacer el bien, es tiempo que no vuelve.
Por Miryan Andujar
Abogada, docente e investigadora
Instituto de Bioética de la UCCuyo
