Abrí aquella puerta, sin saber exactamente adónde me llevaría. Pero algo me lanzaba hacia adelante como quien sigue un llamado. Hasta entonces, habitaba en la comodidad de las convicciones y creencias compartidas. Era un sitio común, donde la fe de uno es como un fuego que se enciende en el candil del otro. Fue, es y será una irreemplazable forma de mantener viva la llama. Pero me faltaba algo. No me bastaba con el "nosotros”, los que pensamos igual. Necesitaba encontrarme con ese "otro” distinto de mí, que a la postre, termina confirmando nuestra yoidad. Esta condición de ser yo (yoidad) se ratifica frente al tú que me hace más pleno en términos de humanidad. Por eso, abrí aquella puerta.

 PRIMERO Y ANTE TODO, PERSONAS

Traspasado el umbral, lo primero y lo único que vi fueron personas. No vi ideologías, ni orientaciones sexuales, ni géneros asignados o autopercibidos. Vi personas sufriendo, sufrientes. Vidas cruzadas por la tragedia, la soledad, el abandono y la marginación. Abrí la puerta al mundo trans. No estaba sola. Éramos cinco locos buscando sanar heridas, en lo que llamamos Espacio Trans. No se sí lo logramos, pero de algo estoy segura: mi vida no volvería a ser igual desde aquel día. Seguramente, la de mis compañeros de ruta también cambiaría para siempre.

Agradezco a Dios el haber desempañado mis lentes para ver más allá del maquillaje y la estética trans, al ser humano que palpitaba allí. Es cierto que abunda el rouge y la prostitución las va cercando, rápidamente. Sí las familias, la sociedad y el Estado las abandona, la calle se les presenta como única salida. Muchas de ellas no eligen la calle. ¿Quién quiere vender su cuerpo todas las noches? ¿Quién querría exponerse al frío, al alcohol, a la violencia o al riesgo permanente que supone vivir en la calle? Recuerdo que fueron preguntas de una de aquellas mujeres trans, que interpelaban nuestros esquemas morales. Es tan fácil ser rígido desde la tarima, pensé para mis adentros. 

SOLIDARIDAD Y PREJUICIOS

Debo decir que pocas veces he visto tanta solidaridad como en aquellas comunidades de personas trans. Pudimos comprobar cómo mujeres trans en edad adulta, dan hospedaje y ayuda económica a las más jóvenes y desprotegidas. Algunas de ellas provenientes de otros países. No vi gesto alguno de xenofobia ni exclusión. La situación de calle de muchas de ellas es alarmante. Situación que se agravó en los tiempos de pandemia. Hubo necesidad de alimentos y ropas de abrigo. Y la sociedad y el estado provincial, en general, respondieron con generosidad. Visitamos personas trans en zonas muy alejadas, que luchaban por no caer en la prostitución. Nunca vi tanta pobreza como en aquella comunidad trans. Recuerdo un grupo de ellas mostrándonos entusiasmadas, los pañuelos que habían bordado en un taller de costura comunitario, para saludar a la Virgen en la procesión. Mientras ellas hablaban, yo pensaba en un diálogo imaginario entre María y la Magdalena.

Pero también hubo mucho prejuicio. Algunos, creo yo, desde el desconocimiento, no entendieron los verbos que conjugamos en aquel Espacio: escuchar, acompañar, empatizar, abrazar. Hubo quienes se enojaron y exigieron renuncias y aclaraciones. Mi celular se llenó de mensajes agraviantes y juicios apresurados. A pesar de ello, y de los compañeros de tantas luchas perdidos en el camino (a los que aún extraño), volvería a abrir aquella puerta. Pues al abrirla no solo encontré personas heridas, me encontré con Cristo que había bajado del madero para caminar junto a ellas.

 

Por Miryan Andújar
Abogada, docente e investigadora
Instituto de Bioética de la UCCuyo