El mundo se detuvo, las calles se vaciaron de gente y los países se unieron para crear una vacuna capaz de eliminar el virus.


Así como en la pintura "El Grito" del genial pintor expresionista Edvard Munch, que representa al hombre moderno en una situación de desesperación, trata de acercarse la siguiente reflexión en un momento de angustia en la historia actual, arrojada así como tira un náufrago una botella al mar, como un último recurso de esperanza.


La tecnología avanzó a pasos agigantados. El hombre fue capaz de hasta enviar una nave a otro planeta con el propósito de "buscar vida". Extendió el dominio tecnológico en el espacio, en la tierra, en los océanos. Las bibliotecas del mundo se pusieron al alcance de una persona con un aparato de bolsillo. Todo parecía posible y no había límites en el desarrollo tecnológico.


Dio nuestro planeta otro giro y despertamos ese nuevo día azorados con la noticia de que en Oriente surgió un virus con el poder de contagiar, matar y propagarse a velocidades alucinantes.


Pero, al principio, estaba lejos para Occidente, tan lejos de nuestra comprensión, muy lejos de nosotros. La vida continuaba con normalidad, así como la velocidad de las invenciones.


Pero, un instante más y reapareció la palabra pandemia, así tan rápido. Y el mundo estaba todo infectado y enfermo, y la velocidad de respuesta que necesitábamos de nuestras organizaciones mundiales y científicos, no alcanzaba para detener los contagios y las muertes. Entonces, ahora ya no todo era normal. Paradójicamente, y para sorpresa de muchos, en pocos meses los mares y los ríos se limpiaron y el aire se volvió más puro, pero estábamos encerrados sin poder disfrutarlos.


Y entonces, comenzamos a comprender que las políticas del mundo no estaban dirigidas a preservar y proteger la vida. La única defensa posible, en apariencia, que divulgaban los más grandes expertos, consistía en quedarse en casa o en una tela para cubrir la boca y dos metros de distancia entre las personas, tan similar a lo ocurrido en el siglo XIX en Europa.


Las telecomunicaciones no reemplazaban a un médico, a un maestro, a un obrero. Se acuñan frases como: "Cuidarse y cuidar al otro", "nadie se salva solo" porque nadie está totalmente a salvo. Ricos, pobres, reyes y presidentes se enferman por igual.


La Historia siempre nos mostró cómo otras generaciones habían transitado idénticos escenarios, idénticas angustias e iguales infortunios. Pero no hicimos nada. No supimos tomar y aprender lo que esa Historia gritaba y trataba de decirnos una y otra vez.


El llamado progreso que entendimos, no tiene como propósito preservar la vida humana ni cuidar el medio ambiente y todas las formas de vida contenidas en él. Entonces no sorprende que la vida humana y el ecosistema, reaccionen, de alguna manera, gritando, golpeando, haciéndonos ver que ese no era el camino, ni la verdad. Y así como regresa el eco, llegan otra vez las voces de maestros, sabios y grandes pensadores que se atrevieron a soñar otros caminos, utopías y esperanzas que necesitamos de manera urgente.


La salida tal vez sea hacia dentro de nosotros mismos, sanando nuestras mentes y observando nuestra conciencia para así poder comenzar a ver lo que realmente es importante. La vida que esta acá y merece ser cuidada.

Por Arturo Daniel Sicardi
Arquitecto