Por Silvana Cataldo – Especialista en formación en lectura

Hoy hay tantos canales para contactarnos con otros pero ninguno tan íntimo, personal, reflexivo como las cartas. Las cartas se pensaban, se escribían despacio y se esperaban. Eran más que una herramienta de comunicación: eran casi una forma de presencia. Los trazos, el papel escogido, hasta el aroma del papel: el texto, además de un mensaje, traía rastros de quien lo había escrito. Y, dependiendo del lazo entre el escritor y su destinatario, se convertían en un tesoro, se guardaban, se releían, formaban parte de lo más íntimo de las personas. Hoy muchas de esas cartas sobreviven en colecciones que pueden consultarse en bibliotecas, archivos, museos, y permiten asomarse no solo a la historia, sino a las emociones y vínculos que atravesaron generaciones.

Cartas que hacen historia

Las cartas permitieron reconstruir hechos clave para la memoria colectiva: los sueños, dudas y temores de enormes personajes de nuestra Historia y sus contemporáneos (como las epístolas de San Martín a Belgrano o a su hija); los sueños, esperanzas y angustias de quienes dejaron sus tierras para empezar una nueva vida (como las cartas de tantos extranjeros que llegaban a nuestro país en las primeras oleadas inmigratorias, expuestas hoy en varios museos). En Mar del Plata, por ejemplo, el espacio epistolar “Mar de Cartas” instalado en el Torreón del Monje conserva y exhibe cartas, telegramas y postales que narran la vida, los veranos y los afectos de la ciudad desde su fundación hasta tiempos más recientes. La muestra reúne correspondencia de inmigrantes, veraneantes, personalidades y habitantes, y permite imaginar, a través de la letra manuscrita, cómo se construían vínculos y se contaba lo cotidiano en otras épocas. En cualquiera de estas muestras, los visitantes se encuentran con voces escritas que acercan y permiten asomarnos a una época o una vida desde su costado más íntimo.

Y es que escribir una carta implicaba detenerse. Sentarse frente a una hoja en blanco con el pensamiento puesto en el destinatario de ese acto. Elegir palabras. Repensar frases. No era un gesto instantáneo ni compulsivo: cada línea estaba atravesada por la intención y el tiempo. Y ese tiempo incluía la espera de la respuesta, que podía tardar días, semanas o meses también, dependiendo del destino.

Escribir a mano: más allá del romanticismo

Pero hay algo más que se pierde con la extinción de estas prácticas: la escritura como ejercicio. Escribir a mano expresa más que lo que las palabras dicen. Nuestra letra transmite estados de ánimo o dedicación cuando la letra es cuidada, por ejemplo. Pero además, escribir a mano impacta particularmente en nuestro cerebro. La neurociencia confirma que esta manera de escribir activa más áreas del cerebro que teclear, porque integra movimiento, percepción visual, memoria y atención. Formar letras a mano exige coordinación motora fina y obliga a seleccionar y organizar ideas. Esa complejidad fortalece la comprensión y la memoria. No se trata solo de comunicar, sino de procesar profundamente lo que se escribe.

En ese sentido, escribir a mano no es solo un medio para comunicar: es una forma de pensar y de interiorizar lo que se dice. Frente a las prácticas que guían la comunicación mediada por tecnologías, planificar un texto manuscrito presenta otros desafíos.

Tampoco es lo mismo recibir un mensaje que leer una letra manuscrita. La escritura del otro, con sus marcas personales, actúa como una huella física y emocional. El papel conserva matices que ningún texto digital reproduce. Por eso tantas cartas antiguas se guardan en álbumes, cajones o archivos: no solo informan, sino que rememoran momentos vividos.

Ese valor sentimental es el que muchas veces impulsa a las familias a donar cartas antiguas a espacios como “Mar de Cartas”, para que formen parte de una historia colectiva.

Escribir a mano expresa más que lo que las palabras dicen. Nuestra letra transmite estados de ánimo o dedicación cuando la letra es cuidada, por ejemplo.

Escribir en la mesa del café

En Argentina, como en buena parte del mundo, el envío de cartas personales cayó de manera sostenida en las últimas décadas. La correspondencia tradicional quedó asociada en gran medida a notificaciones formales o trámites administrativos, mientras que lo personal migró a mensajes digitales. Las cartas manuscritas, que alguna vez fueron parte de la vida diaria, son hoy una excepción. Las nuevas generaciones no conocen estas prácticas. Muchas veces, incluso, desconocen los mínimos protocolos para hacer de un escrito una carta: fecha, ciudad, encabezado, cómo completar el sobre para que llegue a destino. Y esto porque lo que ha caído en desuso es la escritura sobre papel en general: tomar notas, escribir ideas sobre una hoja, son actividades que se han perdido y que deberíamos recuperar.

¡Cuántas novelas y cuentos de nuestra literatura se gestaron en la mesa de un café! Cortázar escribió toda una novela en una mesa de la Confitería London, bar notable de la Ciudad de Buenos Aires donde hoy está su estatua, para recordar esos momentos. Los bares pueden ser un excelente escenario para reconectar con la escritura sobre papel. Esa es la idea que inspiró la apertura de un café postal en el barrio de Recoleta: un espacio para escribir cartas, a mano, sin prisa, con papel y birome, mientras se saborea un café. Una invitación a restituir una forma de comunicación que conecta emociones.

Recuperar la escritura a mano no implica rechazar la tecnología. Implica reconocer que no todas las formas de escribir producen los mismos efectos. Algunas se pierden en el flujo constante de mensajes; otras dejan huella. Las cartas fundacionales de una ciudad, las cartas guardadas en una caja, las que hoy se exhiben en un museo o se escriben en un café porteño tienen algo en común: fueron escritas con intención.

Cuando escribimos a mano, no solo enviamos palabras: creamos vínculos que pueden sobrevivirnos.