Por Lic. Alejandra Villagra Berrocá – Escritora
Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que el perro dormía en el patio y el gato rondaba los techos. Cumplían una función concreta: cuidar la casa, espantar intrusos, mantener a raya a los roedores. Eran importantes, sí, pero no ocupaban el centro de la vida familiar. Hoy, esa escena resulta casi ajena. Los animales comparten el sillón, la cama, las rutinas y, sobre todo, los afectos. La pregunta entonces surge casi de manera natural: ¿cuándo dejaron de ser “mascotas” para convertirse en un miembro más de la familia?
En Argentina, este cambio no ocurrió de un día para otro. Fue una transformación cultural lenta, silenciosa, pero profunda, que se consolidó especialmente en las últimas tres décadas. A mediados de los años noventa, con el crecimiento de la vida urbana y la expansión de los departamentos, los animales comenzaron a “entrar” a la casa. Ese simple gesto —sacar al perro del patio y hacerlo convivir en los espacios íntimos— modificó el vínculo. Compartir el espacio derivó, inevitablemente, en compartir emociones.
Ese quiebre marcó un antes y un después. El animal dejó de ser solo un guardián para convertirse en compañía. Y con la compañía llegó el apego, la responsabilidad afectiva, la presencia cotidiana. Ya no estaba “ahí”, sino “con nosotros”.
El fenómeno se profundizó con el correr de los años, consolidándose un cambio sociológico que hoy resulta evidente: llegando el surgimiento de los “perrhijos”. La caída sostenida de la natalidad, el aumento de hogares unipersonales, la postergación de la maternidad y la paternidad llevaron a que muchas personas volcaran su necesidad de cuidado y vínculo hacia los animales. No como reemplazo simplista, sino como una forma genuina de construir afecto y sentido de pertenencia.
El animal dejó de ser solo un guardián para convertirse en compañía. Y con la compañía llegó el apego, la responsabilidad afectiva, la presencia cotidiana.
Las cifras acompañan esta percepción social. Hoy, una amplia mayoría de los argentinos con mascotas afirma considerarlas parte de su familia, y una proporción muy significativa las define directamente como hijos. Esto habla menos de una exageración y más de una redefinición del concepto de familia, que ya no se limita exclusivamente a los lazos humanos.
Este cambio cultural también encontró eco en el plano legal. Argentina ha sido pionera en fallos judiciales que reconocen a los animales como “seres sintientes”, alejándose de la vieja concepción que los consideraba simples objetos. En los últimos años, incluso, comenzaron a establecerse regímenes de visitas y acuerdos de manutención para mascotas en casos de separación o divorcio. Lo que hace apenas dos décadas parecía impensado, hoy tiene respaldo jurídico. El concepto de familia multiespecie dejó de ser una idea romántica para convertirse en una realidad reconocida.
La pandemia de 2020 terminó de acelerar este proceso. El encierro forzado convirtió a perros y gatos en sostén emocional, en presencia constante, en compañía imprescindible. En muchos hogares fueron el único contacto cotidiano con otro ser vivo. No es casual que, a partir de ese momento, creciera la oferta de servicios orientados al bienestar animal: prepagas veterinarias, alimentos premium, atención a la salud emocional de las mascotas.
Todo esto abre también nuevos interrogantes. La llamada “humanización” de los animales plantea desafíos éticos y culturales: ¿los cuidamos mejor o los proyectamos? ¿Respetamos su naturaleza o la adaptamos a nuestras propias carencias? Pensar a los animales como parte de la familia implica, sobre todo, asumir una responsabilidad mayor: comprender que no son objetos ni accesorios emocionales, sino seres vivos con necesidades propias.
Tal vez la pregunta no sea cuándo ocurrió este cambio, sino qué dice de nosotros. La manera en que tratamos a nuestros animales habla de nuestra sensibilidad, de nuestra forma de vincularnos, de la sociedad que estamos construyendo. En ese espejo de cuatro patas, también nos leemos a nosotros mismos o no? Para pensar…
