(Entrega Nro 3)

Había viajado a Viena desde Madrid para cubrir los funerales de la exemperatriz Zita de Borbón-Parma, del ex imperio austro-húngaro, fallecida a los 97 años el 14 de marzo de 1989 en Zizers, Suiza, donde residía. Era viuda del ex emperador Carlos I de Austria y IV de Hungría. Su hijo mayor y heredero, el archiduque Otto de Habsburgo, a la sazón diputado europeo por Alemania, dijo poco tiempo después a este periodista ya en su despacho del Parlamento de Estrasburgo (foto) que, aunque ella había muerto en Suiza, le había pedido con antelación al gobierno de Austria se permitiera enterrar a su madre en la Cripta Imperial de Viena o de los Capuchinos (Kaisergruft o Kapuzinergruft), cerca del célebre rio Danubio, junto a su esposo. Y así fue.

Dirigirse hacia el cementerio de la Ciudad por esa zona de bosques bellamente frondosos de la capital austríaca obliga a cruzar el río Danubio, el segundo más largo de Europa, con 2.800 kilómetros de recorrido, popularmente conocido como “Danubio azul” y considerado el más internacional de los ríos. Pasa por diez países: Alemania, Austria, Eslovaquia, Hungría, Croacia, Serbia, Rumania, Bulgaria, Moldavia y Ucrania y desemboca en el Mar Negro, formando un importante delta declarado Patrimonio de la Humanidad.

Históricamente crucial para el comercio y las fronteras romanas, hoy es vital para el transporte, la energía hidroeléctrica, el riego y el turismo, y famoso, sobre todo, por inspirar una obra como “El Danubio Azul”, del Rey del Vals,  Johann Strauss.

Mientras seguíamos el camino, el fotógrafo que me acompañaba y yo preguntamos casi al unísono al taxista “este es el Danubio azul, ¿no?”, y enseguida responde, en un italiano rebuscado: “Sí, pero el Danubio no es azul; lo hemos imaginado así hasta los vieneses por ese mítico vals de Strauss, pero, si de regreso pueden detenerse, verán que es verde plateado”.

Y tiempo después el director de la agencia de prensa madrileña donde yo trabajaba me envió a Estrasburgo para entrevistar a dos diputados, uno de ellos, precisamente, Otto de Habsburgo que representaba a Baviera, el estado más grande y rico de Alemania, por el partido Unión Social Cristiana. Después de abordar el tema que me llevaba allí, su papel en la caída del Muro de Berlín, no me privé de preguntarle por el Danubio, que yo había conocido en el funeral de su madre. En un perfecto castellano (hablaba varios idiomas y enviaba artículos de opinión suyos al diario ABC de España), me contestó: “Mire, el Danubio no es azul, pero para mí siempre será azul, porque no estoy dispuesto a desmentir a Strauss”. Una sonrisa en ambos quiso sellar la respuesta, pero agregó algo muy interesante: “El ‘Danubio azul’ fue muy importante para los austríacos desde su aparición porque fue una obra musical de encargo que estuvo pensada para que los vieneses olvidaran la dura derrota sufrida un año antes contra Prusia en la llamada ‘guerra de las siete semanas’, una guerra civil en Alemania”. Y me aclaraba además que cuando se produjo este conflicto militar, en 1866, reinaba Francisco José I, a quien sucedió Carlos I, padre de Otto. Y así remató la respuesta el archiduque y diputado europeo: “El Danubio Azul es el símbolo de Viena”.

Calificado de reservorio natural, este río es valioso en vegetación y fauna con más de mil plantas, unas cuatro mil especies de animales y una belleza muchas veces elogiada. Pero, como dijo el taxista vienés, “nunca fue azul, su color es verde plateado”. El Departamento de Limnología (estudio científico de lagos y lagunas) y Oceanografía de la Universidad de Viena reveló en 2019 que el Danubio envía “cada día, de media, unas 4,2 toneladas de residuos hasta el Mar Negro”, y eso contribuiría a su color habitual, verde plateado a marrón.

Como dijimos, lo que llevó a convertirlo en popular en todo el mundo fue “Danubio Azul” (“An der schönen blauen Donau”), el “rey” del vals, creación de Johann Strauss hijo, en 1867. Con los años pasó a ser el vals central del concierto de Año Nuevo y hasta el “himno informal” de Austria, del que tantas veces hemos disfrutado en nuestro Auditorio “Juan Victoria” de San Juan, ejecutado por la Orquesta Sinfónica de la UNSJ y otras orquestas del resto del mundo. Se trata de la primera composición vocal creada por el citado músico (que tiene una versión con letra en español de Fidel Prado, y arreglo y adaptación musical para voz y piano de Ángeles Ottein), estrenada en Viena el 15 de febrero de 1867, y considerada por especialistas como la obra maestra suprema del arte del vals.

Pero, paralelamente, muchos se han preguntado a lo largo de los años, ¿por qué eligió ese título para un río color verde plateado o “amarronado”? Nadie sabe responder, aunque una versión escuchada de guías turísticos en la misma ciudad de Viena dice que “es con el color que Strauss soñaba ver un día este río, porque lamentaba que fuera marrón”.

Sin embargo, alguien esbozó un argumento de carácter histórico al recordar que “durante la segunda guerra napoleónica (1805) un escuadrón de soldados del corso (marinos particulares en guerra) se ahogó en un trecho del Danubio, y los cadáveres tiñeron el Danubio del azul de los uniformes”. Por eso el Danubio era “so blau, so blau, so blau”, o sea tan azul, tan azul, tan azul. Por otra parte, el original de la obra se escribió para el “Coro de hombres de Viena”, y, tras esa primera letra con el título de “El Danubio azul”, luego, en 1889 se creó una nueva versión como “Danubio tan azul, tan brillante”, aunque finalmente se impuso la versión orquestal, con el título de “El bello Danubio Azul” y hoy muy común en cumpleaños de 15. La letra, de Prado, decía así: “Danubio tan azul, tan bello y azul, / a través del valle y el campo se desplaza hacia abajo aún, / Nuestra Viena te saluda, su cinta de plata, / une todas las tierras y la alegría del corazón/golpea la hermosa ribera (…)”.

(Fuentes: Musicaantigua.com/ ClassicMusicVals /riosdelplaneta.com, y Ambientum.com)