Por Claudio Fantini- Periodista y Politólogo
“Cultura es lo que queda después de haber olvidado todo lo que se aprendió”. Una lúcida reflexión de André Maurois, el ensayista y novelista francés que escribió monumentales biografías de Napoleón, Chateaubriand, Cristóbal Colon, Balzac y Victor Hugo, entre otros grandes personajes de la historia y de la literatura.
El razonamiento de ese escritor que combatió en las dos guerras mundiales, muestra la cultura como una suerte de sentido común compartido por los habitantes de un país o una región.
No se trata de cultura como acumulación de conocimiento, sino como sistema de valores que componen una lente común para mirar la realidad política, social, artística. Un sistema de valores compartidos por la sociedad. De tal modo, la cultura es el cimiento que determina la forma y la solidez de lo que la experiencia y el conocimiento edifiquen.
En Rusia, sobre su cimiento cultural se edificó el zarismo y también el comunismo soviético. La construcción que no respondió a esa base fue la efímera democracia liberal surgida en los noventa, tras el derrumbe de la URSS.
El despótico Vladimir Putin demolió ese edificio que no tenía relación con las raíces culturales de la política rusa. Tras jubilar a Boris Yeltsin, el actual jefe del Kremlin restableció el modelo despótico impulsado por Iván IV Vasilievich en los tiempos del Gran Ducado de Moscovia.
Entre los escombros que dejaron las dos grandes guerras, Europa pudo encontrar los cimientos construidos por el pensamiento liberal de Locke, Montesquieu, Voltaire, David Hume y Adam Smith, entre otros filósofos cuyas ideas influyeron en la Revolución Gloriosa de Inglaterra y en la Revolución Francesa, además del desarrollo de la tolerancia en Países Bajos a partir de Guillermo de Orange-Nassau, “el Taciturno”, para erradicar los conflictos religiosos tras la reforma protestante.
Hitler y Mussolini dinamitaron esa base sólida pero, redescubierta en la segunda mitad del siglo 20, sobre ella se edificaron las democracias que avanzaron en la integración hasta desembocar en la Unión Europea (UE). Contra esa construcción y sus cimientos descargan su “batalla cultural” los líderes inconcebibles que fermentaron en los pantanos ultraconservadores de estas décadas.
El falangismo español resucitado por Vox, el lepenismo en Francia, la ultraderecha de Niegel Farage en Reino Unido, Gerd Wilders en Países Bajos y el líder húngaro Viktor Orban entre otros, embisten contra el edifico europeo que se construyó a partir del Tratado del Acero y del Carbón, evolucionó hacia el Mercado Común y luego la Comunidad Económica Europea que, Tratado de Maastricht mediante, alcanzó el rango de Unión y la moneda única.
Lo mismo hace Netanyahu y sus socios fundamentalistas, abocados al expansionismo territorial y a la destrucción de la democracia con que nació Israel. Mientras que en Estados Unidos, Trump intenta demoler la democracia que nació junto con la independencia.
Comenzó rompiendo la tradición de equilibrio entre jueces liberales y jueces conservadores en la Corte Suprema. El magnate neoyorquino desbalanceó la cúpula del Poder Judicial a favor de un conservadurismo recalcitrante. No hubo reacción en la sociedad y ahora su gobierno produce postales que parecen de un país totalitario.
Las imágenes que muestran un nivel de represión ajeno al Estado de Derecho, con fines que también se contradicen con el espíritu demo-liberal, se produjeron en muchos estados norteamericanos y, en las últimas semanas, sacudieron Minnesota, en cuya capital, Minneapolis, el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE) parece una Gestapo norteamericana que actúa con crueldad y en pos de un objetivo que también es cruel: la deportación masiva de inmigrantes.
A pesar del relato ultraconservador, la mayoría de los norteamericanos no ve en los inmigrantes que son arrancados de sus casas y trabajos, o emboscados en calles, a forajidos ni narcotraficantes. Lo que ve la mayoría de los estadounidenses y el mundo es una feroz cacería de gente pobre y desesperada por trabajo, casa y comida.
Johan von Goethe describió como “momentos oscuros de la historia” a los períodos que incuban tragedias colectivas. El asenso del nazismo al poder fue, de ese modo, anunciado con anticipación por el célebre escritor alemán.
En Estados Unidos, los momentos oscuros de la historia tuvieron que ver con políticas ajenas al espíritu de una democracia. La esclavitud fue un claro ejemplo decimonónico. En el siglo 20 un ejemplo claro fue la década del macartismo, cuando el fanatismo del senador por Wisconsin Joseph McCarthy generó una ola de persecuciones ideológicas acusando de comunistas y anti-norteamericanos a miles de artistas, escritores, intelectuales, científicos y personas notables en distintos rubros, además de fomentar la delación entre vecinos, familiares, amigos y compañeros de trabajo.
La cacería humana ordenada por Trump también es “un momento oscuro de la historia”. El magnate llegó a este punto tras haber traspasado varias líneas rojas. La consecuencia inexorable del debilitamiento de la cultura política que sustenta una democracia, es la degradación del sistema liberal demócrata.
Con excepciones como Uruguay y Costa Rica, en América Latina la cultura democrática es débil. Por eso en muchos países han surgido autócratas y también movimientos sectarios de izquierda y derecha.
Ambas veredas hablan de “batalla cultural”, pero no en los términos de neogramscianos como Portantiero y Aricó, sino como la dimensión en la que se lucha para hegemonizar una ideología. Y no es lo mismo sembrar en la cultura valores como equidad, libertad, solidaridad para sean gravitantes en la vida social y política, que tratar de imponer un “pensamiento único”, como intentó el kirchnerismo primero y ahora el mileísmo.
En occidente, el actual es un tiempo marcado por el asenso de líderes inconcebibles, fermentados en el ultraconservadurismo y el fundamentalismo religioso.
Además del fracaso rotundo de la dirigencia centrista, lo que posibilita el advenimiento de liderazgos patológicos es consecuencia del autoritarismo agazapado en los pliegues de la cultura política.
Cuando la cultura liberal es vigorosa, la sociedad reacciona contra las arbitrariedades del gobernante de naturaleza autocrática.
En Argentina, los populismos izquierdistas y derechistas quieren cobrar con acumulación de poder y con impunidad los éxitos conseguidos en la gestión gubernamental.
Ocurre que, mientras el viento sople a favor en la economía, una sociedad sin cultura democrática otorga al gobernante la cuota de poder que reclame, le permite ser arbitrario y lo declara impune.
En las sociedades con vigorosa cultura democrática no se tolera que un gobernante quiera cobrarse de algún modo el éxito que tenga o haya tenido su gobierno. Parafraseando la fórmula de la tradición jurídica argentina, para la cultura liberal-demócrata el éxito no da derechos.
Cuando los valores democráticos se convierten en el sentido común de una sociedad, ni los éxitos ni los aciertos de un gobierno le otorgan derecho a la arbitrariedad, la corrupción, la vulgaridad y el sectarismo.
