Por Orlando Navarro – Periodista

Esta vez no hablaremos de política. Allá, afuera, supervive el desorden de un mundo que parece sigue buscando su identidad, produciendo noticias por lo general poco alentadoras y mostrándonos en vivo y en directo, el espectáculo deplorable de la ambición, el curro y la desfachatez. Entre otras delicias.

No hablaremos hoy de eso, porque esta semana me golpeó en la cara, un aire fresco, saludable y hasta redentor, diría, que venía desde un punto de mi antiguo barrio. Cumplía cien años mi club, Del Bono, y estar presente fue como descartar por un momento este mundo de hoy, para retornar adonde fuimos felices y aprendimos a dar los primeros pasos. Donde descubrimos, con ojos llenos de asombro, que más allá de nuestro querido hogar, respiraba el hermoso planeta que Dios nos regaló, subsumido en la cotidianidad de nuestro pequeño mundo. Entonces, les propongo que hablemos de ese lugar recóndito donde transitamos los primeros años. Nuestro barrio, y nuestro club, que es como hablar del que perteneció a cada uno de ustedes, los que están leyendo.

Un viaje que será como hacer un alto en el camino y tomarnos un respiro.

“Pinta tu aldea”

“Pinta tu aldea y pintarás el mundo” es una célebre frase atribuida al escritor ruso León Tolstoi. La misma resalta las virtudes de ese narrador que, al describir las historias, anécdotas, las calles, las casas, o los habitantes de una aldea, o barrio, cualquiera, proyecta una comprensión aproximada de lo que debe ser el mundo. Significa que, al ahondar en las raíces de ese lugar, donde nació, creció y se desarrolló, el escritor, sin quererlo, está yendo desde lo particular a lo general, alcanzando de este modo las alturas de una perspectiva más global y universal.

Así, está describiendo cualquier esquina. Cualquier lugar. De acá o del mundo.

Cuando Homero Manzi, en su monumental tango “Sur”, habla de la esquina de “San Juan y Boedo antiguo”, del “Sur, paredón, y después”, está trazando una analogía de lo que fue la esquina de mi barrio. O la de tú barrio.

La Esquina Colorada

Mi Esquina Colorada. Antiguo cruce de Cerecetto y San Miguel. Del “Cine Rivadavia, el Aroca, las turcas, Don Napoleón”, según los versos de una cueca que suele sonar por allá. Seres que son hoy como una leyenda, a las que “veo” en los versos de Manzi. Como se recordará a los viejos habitantes de las esquinas de “La Luz del Mundo”, o la “del Sauce”, o de las “Cuatro esquinas”, o la calle “Las Cañitas”, o del callejón…vaya a saber cuál.

Cuando Tolstoi dice “pinta tu aldea”, está suponiendo un artista, que pincel en mano, va coloreando “su lugar”. Que los trazos que le dicta su imaginación, habiéndose previamente embebido de todos sus rincones, lo van llevando, sin querer, a una universalidad verdadera y total. A la que legitima, porque proviene de su mundo pequeño y singular, que es por cierto profundo y real.

Así, su obra se replica en cualquier lugar y la globaliza. Le cabe a cualquier habitante del planeta. “No soy de aquí, ni soy de allá”, diría Facundo Cabral.

Club de barrio

Los clubes de barrio para nuestra legislación, son asociaciones civiles sin fines de lucro. Pero para nosotros es el alma del vecindario. Lugar de reunión, del encuentro, donde anida una pasión que se mide en los latidos de un corazón que late, vibrante de libertad y locura, siguiendo unos colores que se nos ocurre forma parte de nuestra propia piel.

Todo aquél conjunto de probidades que hemos detallado, y que resultan de pertenecer a determinado vecindario, encuentran su lugar de expresión en el club. Allí se intercambian los humores que se nos pegan en el cruce de identidades que se focalizan en el hogar, en las veredas, las calles, la escuela, el almacén, el cine, la pista de baile o, simplemente, o en las largas tertulias bajo un farol. En mi caso, con el acompañamiento constante del rumor de las aguas del canal, que corría presuroso e incansable hacia los parrales al sur de la San Miguel. ¡Qué lindo fue todo aquello!

Así, lo dicho: el club cumple una función social de incomparable efecto. Las distintas disciplinas deportivas que allí se practican, en primer lugar van al rescate de aquel niño, o joven, que puede desviarse del camino y perderse en los abismos de la bebida, los excesos del “pucho” o las malas compañías.

Eso era antes. Ahora, el azote de las drogas ha incrementado la urgente necesidad de que los clubes de barrio proliferen y estén al alcance de cualquier barriada. Convirtiendo a los dirigentes en verdaderos ángeles custodios de nuestra juventud. Lo vivido la noche de los festejos del centenario, me permitió encontrarme con amigos de la infancia, a los que dejé de ver por más de 60 años. De algunos reconocía, entre canas y arrugas, el rostro querido de quienes fueron compañeros de correrías en los años de infancia. En varios de ellos, me costó recordarles el nombre y en otros casos sufrí, o pasé vergüenza, porque él me reconocía, hasta pronunciaba mi nombre, pero yo no acertaba ni quién era o como se llamaba. “Perdoname, ¿quién sos?” fue una pregunta recurrente, a lo cual seguía, luego de la respuesta, un largo abrazo y las consabidas referencias a la salud, o la falta de ella, la familia, los hijos, los nietos, y la reedición de alguna anécdota compartida.

Honra a los clubes

Entonces, honor a los clubes de barrio. Honor a sus dirigentes, socios, jugadores. Y, principalmente, a los cientos de mujeres que dejan sus obligaciones de amas de casa, para irse al club y colaborar en las múltiples tareas que, como en el caso de Del Bono, se reclaman desde las varias disciplinas que, milagrosamente porque es un club chico y más bien pobre, allí se practican. Fútbol, básquet masculino y femenino, voleibol para ambos sexos, handball, ciclismo y escuela de fútbol. Parece mentira. ¡Cuántos chicos practican día a día en sus remozadas instalaciones! Un ejemplo que debe cundir y replicarse en las barriadas que aún carecen de esa infraestructura.

¡Orgullo siento de pertenecer a la institución “bodeguera”! Feliz me siento de haber estado la noche de los festejos del centenario. Será inolvidable.