Rosendo Fraga – Director del Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría

La estrategia de Trump para tomar el control de Venezuela es clara: que la estructura del poder remanente del régimen sea un instrumento dócil de sus objetivos.

Ha elegido para ello a la vicepresidente Delcy Rodríguez, quien al momento del ataque estadounidense se encontraba en Moscú. Ella ha tenido en los últimos meses algunas conversaciones con miembros de la Administración estadounidense, pero había informado de ellas a Maduro. Las amenazas de Trump a ella han sido concretas: si no obedece sus instrucciones, terminará peor que Maduro.

Tras alguna actitud ambigua que no duró más de dos horas, Rodríguez, sin negarse al diálogo, se presentó públicamente presidiendo una reunión de Gabinete, flanqueada por los dos hombres fuertes del poder detrás de Maduro: el ministro de Defensa y Jefe de las Fuerzas Armadas, el general Vladimir Padrino López, y el número dos del régimen que controla la estructura política y el Congreso, el ex militar Diosdado Cabello.

La estrategia de Trump apunta a un “madurismo sin Maduro”, pero enfrenta fuertes límites políticos, militares y sociales.

En un segundo nivel aparece el hermano mayor de la vicepresidente, Jorge Rodríguez, quien preside el Poder Legislativo y le tomó juramento. Trump ya ha reiterado que espera recuperar para su país el manejo del petróleo venezolano -son las reservas más grandes del mundo- y resarcirse por expropiaciones realizadas en el pasado, durante los años sesenta y setenta. El éxito del presidente estadounidense sería un “madurismo sin Maduro”, es decir, que la actual cúpula permanezca en el poder pero adoptando las medidas impuestas por él.

No es fácil que esta estrategia tenga éxito. En primer lugar, porque es pública y ello no deja margen político a quienes tienen que ejecutarla; y en segundo término, porque la captura de Maduro habría dejado más de cien muertos y centenares de heridos entre su custodia por lo menos.

Cabe señalar que horas antes de ser capturado, Maduro firmó un decreto que declaraba la suspensión de las garantías, en función de un inminente ataque internacional. Esta norma sigue vigente y han sido detenidos periodistas y militantes opositores en base al mismo. Las Fuerzas Armadas y de seguridad se mantienen alineadas firmemente con el Gobierno, mientras treinta mil efectivos han sido desplegados en la frontera.

Mientras tanto, en las calles los “colectivos” -los grupos armados de partidarios del chavismo que operan como paramilitares- dominaron e impusieron de hecho el temor en el resto de la población, que optó en su mayoría por quedarse en sus casas.

Por su parte Maduro, en sus primeras declaraciones ante el tribunal de Nueva York, mantuvo su discurso articulado en función de que ha sido detenido y acusado por presidir un estado en guerra.

Pero esta es una estrategia que difícilmente funcione: Trump, tras la captura de Maduro, ratificó que su objetivo es tomar el control del petróleo venezolano y ponerlo en valor, y así lo ha hecho. No es una tarea fácil para el gobierno de transición que encabeza Delcy Rodríguez. Lo más probable es que cuando dé un paso en esta dirección, empiece a resquebrajarse la unidad del madurismo, si no es que produce una destitución de ella. Además, la oposición ha quedado resentida con Trump por la marginación del llamado “gobierno de transición”. En esta eventual crisis de descomposición de las fuerzas del régimen se quebraría la unidad de las Fuerzas Armadas, la Guardia Nacional, la policía, las reservas y los “colectivos”. Ganarían espacio el grupo guerrillero ELN, que nunca acordó un desarme con el gobierno colombiano, y las disidencias del M-19. Es decir, de fracasar la estrategia fijada por Trump, el país podría enfrentar una suerte de “anarquía armada” que derramara inestabilidad sobre Colombia, Guyana e incluso Brasil.

Frente a un escenario de estas características, que implicaría el fracaso de la estrategia definida por la Casa Blanca, Trump ya ha anunciado públicamente que redoblará la apuesta. Ante la pregunta de si la presencia de tropas terrestres estadounidenses en territorio venezolano para detener a Maduro no implicaba la violación de su regla de “No más botas en el terreno”, el presidente estadounidense respondió: “Yo nunca dije que no iba a poner más botas en el terreno”. En realidad fue una frase utilizada por Obama para justificar la reducción de las tropas estadounidenses en Medio Oriente. Trump, por su parte, dijo que la fuerza militar de Estados Unidos debía concentrarse sólo en la defensa de sus intereses prioritarios o vitales.

Frente a una anarquía venezolana, difícilmente Trump repliegue la presencia militar estadounidense de lo que él llama “la flota más grande que se ha reunido en América del Sur en toda su historia” y dé por fracasada su estrategia. La prioridad que ha dado al “hemisferio”, denominación que utiliza para América Latina y su entorno, encaja al conflicto venezolano dentro de esta prioridad. No puede descartarse que en este escenario Trump decida y amplíe nuevas operaciones militares terrestres, aunque las experiencias de Vietnam y Afganistán las desaconsejen y las críticas y resistencias de la sociedad estadounidense constituyan un conflicto político interno para la Casa Blanca.