Por Luis Eduardo Meglioli – Periodista

Y un día Sajonia, uno de los 16 estados federados de la República de Alemania, impactó en nuestro país y puntualmente en San Juan gracias a la llegada de un inmigrante de apellido Herrmann. Ubicada en el sector sureste del país, Sajonia limita con Polonia y la República Checa, siendo Leipzig su ciudad más grande y Dresde, su capital, llamada popularmente la “Florencia del Elba”.

Precisamente en “La chopera” (“Breves historias de desarraigos desde Sajonia en el 1700 a la Argentina actual”), a medida que el lector explora sus páginas, descubre que va hilando “un paisaje cultural de más de 1.000 años”, como lo califica el autor, Gerardo Herrmann, sanjuanino, cuyo apasionante relato en primera persona tiene como eje su propio e idílico itinerario familiar.

Y, ¿qué es una chopera? Ni más ni menos que un vistoso vaso con forma de tentadora jarra, principalmente destinado para servir cerveza en los pagos de Goethe y Kafka, de Bach y Beethoven, y de tantas celebridades de la cultura alemana. Quizá por todo eso, en las páginas de “La chopera” sobrevuelan destellos de aquel romanticismo y, también, si hablamos de la historia de Alemania, de las guerras, de los pueblos, de experiencias populares y de celebraciones que disfrutan ciudadanos de todo el mundo.

“La chopera” narra más de tres siglos de memoria familiar desde Sajonia hasta San Juan.

Quizá por todo ello, distintas generaciones de los Herrmann, desde 1705, fueron acopiando testimonios, a modo de maravillosa colección de historias de ascendientes, para que los que lleguen en el futuro puedan abrazar con profundo orgullo la estirpe de una familia sencilla y con protagonismo de trabajador común, de soldado, de artesano o de empresario pujante. Y toda la historia familiar, no solo fue escuchada e investigada para esta obra por Gerardo, sino que tuvo la posibilidad también, entre tantas experiencias de viajes, observar, tocar y asimilar anécdotas frente a una fantástica colección de invalorables recuerdos conservados con meticulosidad y enorme cariño familiar.

Allí el autor de esta obra, confirmaba recuerdos contados por su tía Mizzi, hermana de su abuelo Pepe, y la hija de esta, Pauli. Y a partir de ese momento, se abrió para él un recorrido de película que no solo incluyó visitar numerosas ciudades y otros países, para descubrir huellas de la memoria íntima de los Herrmann, sino también el acceso a libros, documentos, correspondencia, fotos, cuadros, partituras, vestidos de épocas, uniformes de distintas guerras y otros recuerdos “que se guardaban celosamente en el altillo” de la casa de Mizzi, en Viena.

Y no faltó el lógico y emotivo momento en que las anfitrionas y Gerardo, comenzaron a construir el anhelado árbol genealógico de la familia. Es en el primer capítulo, que el autor titula “Sajonia 1759”, donde se inicia el recorrido formal de la historia familiar y, como queda dicho, de la mano de “la chopera”, ese sugestivo objeto nutrido de huellas ancestrales que hoy se conserva en San Juan bajo la mirada infalible de Gerardo Herrmann.

Como será que cada jefe de esta familia, desde el siglo XVIII, encontraba sabiamente el momento adecuado para dejar en manos del hijo mayor la “chopera familiar” como símbolo de un legado hereditario, de la continuidad del linaje, lo que se ha ido cumpliendo hasta este siglo XXI. Es, entonces, esa chopera la que recorrió también ciudades y países habitados por los Herrmann, ya convertidos en ciudadanos del mundo porque, otra singularidad, no estaban convencidos que había que quedarse para siempre en un mismo lugar, y cambiaban de pueblo, de ciudad, de país de manera cíclica. Aunque nunca olvidaban Sajonia, Alemania, ni aquella cuna en la que parece que nacieron todos, hasta hoy, y quizá un monumento icónico sin prescripción, que sobrevive a todo y a todos.

Las guerras napoleónicas, otras más pequeñas, y más tarde la primera y segunda guerra mundial, no fueron acontecimientos ajenos para nadie, y menos para la familia Herrmann, que crecía y crecía, de generación en generación, como cualquiera otra, pero con la salvedad de que cada jefe familiar transmitía indefectiblemente la historia del linaje a la próxima generación. ¿Y que más transmitía?: ¡Aquella chopera del siglo XVII! Cada generación que contaba su propia historia y la de sus antepasados a la nueva, tenía relatos como éste: “Querido hermano, creo que acá termina mi camino. Prométeme que te cuidarás, ya no estaré yo a tu lado para hacerlo como me lo pidió nuestro padre. Toma la chopera de mi mochila. Ahora serás tú el encargado de llevarla”. Esa chopera conocía de largos viajes, de guerras (el portador de cada época la llevaban consigo siempre), y nunca dejó de llamar la atención. Es un jarro “de gres azul y blanca”, de un tipo de cerámica dura y resistente, hecha quizá con una mezcla de arcillas y minerales por manos de íntimos artesanos cercamos a la familia Herrmann en Sajonia. Y no se utilizaba para otro destino que no sea disfrutar de la cerveza de aquellas tierras, de un sinnúmero de gustos, y sin dudas, uno de los símbolos de la cultura y tradición alemana.