25 de febrero de 2026 - 03:00

Educación: una historia que sigue escribiendo sus páginas

Por Lic. Alejandra Villagra Berrocá – Escritora

La educación nunca fue un terreno estático. A lo largo del tiempo, se fue transformando al ritmo de los cambios sociales, culturales y tecnológicos de cada época. Cada generación dejó su huella, escribió sus propias páginas y reformuló sentidos. Sin embargo, en el presente, ese proceso de transformación parece acelerarse de manera inédita. La escuela, tal como la conocimos durante décadas, se encuentra hoy interpelada por realidades que ya no pueden leerse con las categorías del pasado. La historia de la educación continua escribiéndose, pero lo hace con nuevos lenguajes, nuevos escenarios y, sobre todo, con nuevos desafíos.

Hablar de la educación que se viene gestando implica reconocer que los estudiantes actuales habitan un mundo profundamente distinto al de quienes hoy enseñan. Las infancias y juventudes crecen atravesadas por pantallas, inmediatez, múltiples estímulos y una sobreabundancia de información. Este contexto configura modos de pensar, de vincularse y de aprender que no siempre encuentran lugar dentro de estructuras escolares pensadas para otra generación. La brecha no es solo tecnológica; es, ante todo, generacional y cultural, y se manifiesta en las aulas cada día.

Durante mucho tiempo, la escuela se sostuvo sobre certezas que parecían inamovibles: el aula silenciosa, el docente como única fuente de saber, el aprendizaje entendido como repetición y memoria. “Siempre se hizo así” fue una frase que funcionó como refugio frente a la incertidumbre y, en muchos casos, como zona de comodidad. Hoy, sin embargo, esa lógica comienza a mostrar sus límites. Lo que antes ordenaba, ahora muchas veces excluye; lo que antes garantizaba aprendizaje, hoy no siempre logra despertar interés ni construir sentido.

Los nuevos escenarios educativos no se reducen a la incorporación de tecnologías. Se trata de un cambio más profundo, que exige reconocer que los alumnos llegan a la escuela con trayectorias, experiencias y contextos diversos. No todos parten del mismo lugar, ni aprenden al mismo ritmo, y mucho menos cuentan con las mismas herramientas. Cuando el sistema no logra leer estas diferencias, comienzan a hacerse visibles otras señales de alarma: el incremento de las repitencias, los recorridos escolares interrumpidos y, en muchos casos, el abandono. Pretender una educación homogénea en un mundo claramente heterogéneo se vuelve, cada vez más, una contradicción difícil de sostener.

La escuela continúa siendo un espacio privilegiado de encuentro, de construcción de ciudadanía y de esperanza. Pero para que siga siéndolo, necesita mirar de frente el presente y asumir que la historia de la educación no está cerrada.

Pretender una educación homogénea en un mundo claramente heterogéneo se vuelve, cada vez más, una contradicción difícil de sostener.

En este contexto, el rol docente adquiere una centralidad renovada. Ya no alcanza con dominar contenidos; se vuelve imprescindible comprender la realidad de los estudiantes, escuchar sus modos de habitar el mundo y generar puentes entre el saber escolar y la vida cotidiana. Cambiar la educación implica, necesariamente, cambiar mentalidades. No se trata de abandonar las herramientas pedagógicas construidas a lo largo de la historia, sino de resignificarlas: pasar de imponer respuestas a habilitar preguntas, de transmitir certezas a acompañar procesos.

La neurociencia y las nuevas miradas pedagógicas aportan claves valiosas para seguir escribiendo estas nuevas páginas. Hoy sabemos que no hay aprendizaje significativo sin emoción, que la atención es limitada y que el error forma parte constitutiva del aprender. Estos aportes invitan a repensar prácticas, tiempos y evaluaciones, y a construir espacios educativos donde los estudiantes se sientan reconocidos y valorados en su singularidad.

Aceptar que “lo de siempre ya no funciona” no implica negar la historia educativa, sino asumirla como punto de partida. La educación no pierde su sentido cuando cambia; por el contrario, lo renueva al abrazar la realidad concreta de los alumnos, con sus complejidades y desafíos. Tal vez ese sea el mayor gesto pedagógico de este tiempo: animarse a seguir escribiendo sin borrar lo ya escrito.

La escuela continúa siendo un espacio privilegiado de encuentro, de construcción de ciudadanía y de esperanza. Pero para que siga siéndolo, necesita mirar de frente el presente y asumir que la historia de la educación no está cerrada. La educación del futuro no se impone: se construye, en el diálogo entre generaciones que, aun desde lugares distintos, comparten una misma responsabilidad: seguir escribiendo, juntos, las páginas de la educación.

¿Estaremos preparados realmente?

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