Por Carlos Salvador La Rosa -Sociólogo y periodista

El proyecto político prioritario de Donald Trump siempre fue el mismo, y no está carente de lógica: detener el avance chino al irse transformando ese país oriental en la nueva potencia con la suficiente capacidad para reemplazar en muy poco tiempo lo que fue la URSS hasta 1991. O sea, a Trump le toca conducir EE.UU., en un mundo que nuevamente se está dividiendo en dos grandes esferas de influencia, cuando desde la implosión soviética en adelante, la única superpotencia mundial fue Estados Unidos.

Trump sabe que hoy los sistemas y las instituciones que nos dirigen se están cayendo a pedazos en todo el mundo. Desde su eficacia hasta su prestigio. Que ya nadie cree en nada ni en nadie en lo que a la faz pública se refiere. Y al constatar Trump que todo lo institucional se está viniendo abajo, decidió que le conviene ayudar a que todo se venga abajo. En ese sentido, el escritor Giuliano da Empoli lo ubica entre los grandes depredadores actuales. Pero más que como un depredador hasta ahora Trump se está comportando como un desmantelador. Que no es lo mismo, porque depredar es siempre negativo (un depredador pleno es Vladimir Putin) mientras que desmantelar suele tener cosas negativas y positivas. Desmantelamiento que Trump ha puesto en práctica con total intensidad en Venezuela luego de haberlo meditado mucho, porque supo aprender del pasado, como él mismo lo relata. Aprendió que invadir un país como intentó hacer Kennedy en 1961 con Cuba es de muy difícil concreción y costaría las vidas de soldados norteamericanos que hoy sus votantes no tolerarían. Aprendió que si fracasaba en Venezuela por errores logísticos como le pasó al presidente Carter cuando en 1980 quiso rescatar a los diplomáticos norteamericanos secuestrados por la teocracia iraní, perdería las próximas elecciones (“no sé si Carter hubiera ganado las elecciones si rescataba a los rehenes en Irán, pero seguro las perdió porque no los pudo rescatar, lo mismo me hubiera pasado a mí si fracasaba en Venezuela”, sostuvo con gran lucidez). Y lo más crucial, aprendió que invadir triunfalmente un país como hizo George Bush (h) con Irak en 2003 para sustituir el régimen tiránico de un día para el otro cambiando hasta su último funcionario por supuesto “demócratas”, no produjo ningún tipo de democracia ni de capitalismo ni de liberalismo en ese país… y costó muchas vidas.

O sea, a Trump le está yendo bien en Venezuela porque aprendió de los graves errores de sus antecesores, y porque captó mejor que nadie el nuevo clima de época, donde todos los regímenes (en particular los opresivos) se están volviendo de papel.

Siguiendo esa lógica, la semana pasada, un día Donald Trump le dijo a la presidenta de Venezuela Delcy Rodríguez (aunque él se autocalifica como “presidente interino” de ese país) que era una mujer maravillosa. Y al día siguiente la dijo a María Corina Machado que era una mujer excelente. Imaginariamente, unió a los tres (él y las dos mujeres) en un abrazo de conciliación. Pero eso no es posible. Delcy es una presidente de facto tanto porque fue la vicepresidente de Nicolás Maduro quien hizo un autogolpe al cometer un fraude gigantesco contra quien le ganó las elecciones de manera aplastante en 2024, como porque el sistema chavista en una dictadura plena, genocida y criminal. Mientras que Corina es quien la viene peleando desde la más dura lucha democrática durante todo el siglo XX contra el régimen totalitario desde adentro del propio régimen, con una valentía colosal.

Ambas señoras expresan los valores más contrarios que puedan existir. Pero Trump las trató con igual consideración, y a fuer de ser sinceros, con mayor respeto y simpatía a la déspota que a la democrática. Esperemos que eso sea una táctica y no una estrategia. Que Trump esté encarando una transición hacia la democracia (aunque sea por intereses “petroleros”) en vez de hacer suya a la tiranía tal cual está (con algunos meros retoques), total hoy las ideologías no importan más y el régimen madurista se caía solo. En otras palabras, bienvenido el desmantelador, siempre y cuando no devenga mañana en el depredador. En quien, en vez de expulsar a Maduro, se convierta en un nuevo Maduro.

Si acrecentar su esfera de influencia para competir contra China en América Latina significa secuestrar dictadores o “rescatar” a Milei de sus propios errores, lo que está ocurriendo es comprensible. Porque todas las demás opciones con Venezuela eran mucho más drásticas a la que se adoptó (salvo la de no hacer absolutamente nada y dejar que Maduro siga masacrando y torturando). Y porque si Milei fracasaba, hubiera sido para la Argentina mucho peor que salvarlo por el rescate que de él hizo Trump a través de poner a su disposición todos los dólares del tesoro de los EE.UU.

Delcy Rodríguez y Corina Machado expresan los valores más contrarios que puedan existir en Venezuela. Pero Trump las trata con igual consideración, y a fuer de ser sinceros, con mayor respeto y simpatía a la déspota que a la democrática. Esperemos que eso sea una táctica y no una estrategia.

En síntesis, el secuestro de un presidente y el rescate de otro, aunque haya sido por los meros intereses del “imperio”, no carecen de razonabilidad política. Pero no es lo mismo que la aventura venezolana termine con la reinstauración de la democracia a que se quede en la permanencia indefinida del mismo régimen actual, pero al servicio de un nuevo amo, aunque en ambos casos el interés fundamental sea el de defender los intereses de los Estados Unidos. Nadie le pide a Trump que deje de defenderlos (todos los imperios en toda la historia de la humanidad lo hicieron igual), el problema es cómo los va a defender. Porque, entre otras cosas nada menores, de eso depende que el mundo vuelva a lo peor del siglo XX o que inicie lo mejor del siglo XXI.