Por Claudio Fantini – Periodista y Politólogo
El fantasma de Platón ronda por el Silicon Valley. En las páginas de La República, aquel gran filósofo de la polis ateniense planteó como sistema político ideal lo que llamó Sofocracia: el cratos (poder) en manos del sofos (conocimiento), o sea el gobierno de los filósofos o de reyes guiados por filósofos. En aquella antigua idea platónica están los rasgos de un totalitarismo basado en el gobierno de los que poseen el conocimiento.
Por entonces, el aprendizaje de la Filosofía estaba restringido a los ricos, o sea los hijos de aristócratas que podían pagar a los filósofos y los sofistas las enseñanzas que brindaban. Pero había quienes, como Sócrates, intentaban instruir a las masas en lo que Kant llama “iluminación” en su libro “Una respuesta a la Pregunta: qué es la Ilustración”. Para el discípulo más brillante Sócrates, el conocimiento en sí mismo es una garantía para el gobierno por el bien de todos.
Para los actuales resucitadores de Platón, el conocimiento que vale es el que se desarrolla en el terreno de la innovación digital. De tal modo, la sofocracia del Silicon Valley implica el gobierno de los tecnoplutócratas, como Peter Thiel y Elon Musk, aunque pueda tener un CEO en el poder que sea multimillonario pero no necesariamente inteligente, ni digno, ni poseedor de conocimiento, incluso mejor si no es nada de eso, como Donald Trump.
Kant explicó que “no somos ricos por lo que poseemos sino por lo que podemos prescindir”. Afirmación humanista y profundamente inteligente; digna del filósofo alemán que escribió la Crítica de la Razón Pura. La dimensión de todas las posesiones de las que una persona pueda prescindir, muestra la verdadera dimensión de su riqueza.
Pero no es son esos valores los que defienden y difunden los megamillonarios que amasaron sus fortunas en el terreno de la tecnología de avanzada. Al contrario, trabajan sigilosos para que la democracia liberal sea suplantada por plutocracias presididas por CEOs de empresas de tecnología digital.
A esta altura de la historia, el Estado de Derecho tiene un enemigo que no es el marxismo ni el fascismo, sino el pensamiento que se incuba en la llamada “dark entligthment”: la Ilustración Oscura.
En las actuales olas neo-reaccionarias se unieron estrategas ultraderechistas como Steve Bannon, impulsor de la Alt Rigth, blogueros como Curtis Yarvin, autor de la desopilante afirmación de que la norteamericana es “una democracia fallida”, y el multimillonario Peter Thiel, gran promotor de que el poder quede en manos de las elites innovadoras.
En su libro El Momento Straussiano, Thiel dice que, así como el 11-S mostró la incompatibilidad de libertad y seguridad en la nueva realidad que plantea el terrorismo, la realidad está demostrando que “la libertad y la democracia son incompatibles”. Un rapto de franqueza que deja a la vista lo que otros libertarios ocultan: están convencidos de que la democracia liberal debe morir porque hay que “apartar a las mayorías de las decisiones de gobierno”.
Desde Silicon Valley emerge una nueva sofocracia: el poder de los algoritmos y las élites tecnológicas que buscan reemplazar la democracia liberal por una plutocracia sin controles.
Thiel nació en Alemania y desarrolló su pensamiento en Estados Unidos, donde amasó una fortuna creando la sturtup que provee análisis masivo de datos y también vigilancia predictiva al Pentágono, la CIA y el ICE, o sea que es un eslabón en lo que, parafraseando al presidente Eisenhower cuando denunció la existencia de un poder antidemocrático al que llamó “complejo militar-industrial”, hoy denomina “complejo militar-digital”.
Thiel plantea que el poder ya no se basa en las armas sino en los algoritmos. Por esos sus fondos de inversión apoyaron desde la etapa embrionaria a empresas como Facebook.
A diferencia del libertarismo primario, en su libro De Cero a Uno, Thiel deja de lado la obsesión libertaria por el libre-mercado para, en otro rapto de sinceridad, proponer “monopolios creativos” que impongan el progreso vertical de la tecnología.
Como buen discípulo del filósofo francés René Girard, autor de la Teoría del Deseo Mimético (en la que sostiene que “el hombre es una creatura que no sabe qué desear y recurre a los demás para decidir, imitando los deseos de los otros”) Peter Thiel defiende un libertarismo económico que es socialmente darwiniano y plantea que el poder debe estar en manos de las mentes brillantes en materia de innovación. O sea, un puñado de mega-millonarios (o el CEO que elijan para la ocasión) que deben gobernar sin trabas burocráticas, jurídicas ni políticas.
La Teoría del Deseo Mimético está entre los instrumentos que generaron polarización en las redes, algo que Thiel valora mucho.
La eliminación de todo poder que quiera situarse por encima de los monopolios, sea de un parlamento que represente a los partidos políticos, un poder judicial independiente para que los ciudadanos sean iguales ante la Ley, o un gobernante elegido en las urnas, es la meta a la que apunta el sacrificio de la democracia liberal en el altar de la “Libertad” tal como la conciben los neo-reaccionarios.
Esa idea lo llevó a proponer la creación de Seastead, ciudades flotantes en las que no rigen las leyes nacionales, un proyecto de colonización del mar apuntado a la eliminación del Estado de Derecho y de cualquier tipo de institucionalidad estatal existente.
Por cierto, como muchos populistas conservadores, se identifica con el pensamiento proto-nazi de Carl Schmitt, sabe amasar aborrecimiento conservador a todo lo que tenga rasgos de cultura woke y recurre a la “batalla cultural” en su guerra contra los valores demoliberales.15
