Por Lic. Gustavo Sprei – Sociólogo
Saber decir “no”, no es fácil. En nuestra cultura, marcada por la búsqueda de agradar y evitar el conflicto, el “no” suele convertirse en un dilema emocional. En línea con nuestra seguridad personal de poder sostener a quien llamaremos nuestro NIDO (Necesidades, Intereses, Deseos y Objetivos), surge entonces lo que podríamos llamar la “teoría de la doble culpa”: si digo que no, me siento culpable, infiero o supongo que el enojo o rechazo del otro afecta el agradar y ser querido; y si digo que sí, me siento culpable por ceder y traicionar mis propios límites y necesidades.
Este dilema se nos presenta en múltiples escenarios. Con nuestros hijos, cuando piden algo que no podemos o no debemos conceder. Con nuestros afectos, cuando nos reclaman tiempo que no tenemos. En el ámbito laboral, cuando nos cargan con tareas que exceden nuestras posibilidades. En todos esos casos, el “no” aparece como una palabra incómoda, casi prohibida, y sin embargo necesaria.
La raíz de la doble culpa
La dificultad radica en la tensión entre dos fuerzas: el deseo de agradar y la necesidad de poner límites. Decir que sí nos da la ilusión de mantener la armonía, pero no nos garantiza el resultado, sin embargo muchas veces lo hacemos a costa de nuestra energía, de nuestro tiempo y hasta de nuestra salud. Decir que no, en cambio, nos enfrenta al miedo de ser rechazados, de perder afecto o reconocimiento. Así, cualquiera de las dos opciones parece arrastrar consigo un sentimiento de culpa.
Decir que “no” de manera asertiva significa cuidar nuestros propios derechos sin vulnerar los derechos de los demás. El “no” se convierte en una expresión de respeto mutuo, así como en un acto de amor.
El ser asertivo como salida
Cuando conocí y descubrí el ser asertivo como modelo comunicacional, encontré una palanca de apoyo. El ser asertivo nos ofrece alternativas. Ser asertivos significa expresar lo que pensamos y sentimos de manera clara, respetuosa y firme. No se trata de imponer ni de complacer, sino de comunicar con honestidad. La asertividad no es solo una técnica de comunicación: es una conducta y comportamiento que tiene como eje central nuestro NIDO, el cual debe ser una guía de nuestras vidas. Ser asertivos implica reconocerlos y construir un camino para alcanzarlos, manteniendo siempre el respeto y la empatía hacia los demás.
En este terreno, podemos distinguir entre dos formas de decir que no:
El “no duro”, breve, directo, sin explicación, y a veces de manera agresiva: “Te dije que no”.
El “no blando” como posibilidad y comportamiento sugerido va acompañado de fundamentos, argumentación y valor agregado. Es el “no” que abre puertas en lugar de cerrarlas: “Hoy no, pero podemos quizás más adelante, si es posible o factible”; “No ahora, aunque me interesa que lo volvamos a conversar”. Es importante no generar PNC (Promesas que no podemos cumplir).
El “no blando” reduce la culpa porque no se vive como rechazo, sino como un límite con respeto y consideración.
Con los hijos: “Hoy no lo podemos comprar, pero podemos verlo más adelante , siempre que mama y papá puedan”.
Con los afectos: “Hoy no te puedo acompañar, pero me encantaría hacerlo el fin de semana”.
En el trabajo: “No puedo asumir esa tarea ahora, no sería responsable, estoy super cargado, pero puedo ayudarte a buscar otra solución”.
En todos los casos, el “no” se transforma en un acto de cuidado, tanto hacia nosotros mismos como hacia el otro.
Aprender a decir que no sin culpa
Decir que no es también un acto de amor. Amor propio, porque protege nuestro tiempo y prioridades. Amor hacia los demás, porque evita el resentimiento que genera un “sí” forzado. Aprender a decir que no implica reconocer que los límites son necesarios para relaciones sanas y auténticas.
La práctica de frases asertivas, la conciencia de nuestras necesidades y la convicción de que el límite no es rechazo sino honestidad, nos ayudan a desarmar la doble culpa.
El “no” bien dicho fortalece los vínculos. Nos libera de la trampa de la doble culpa y nos permite vivir con mayor tranquilidad. En definitiva, aprender a decir que no es un acto de madurez emocional y de respeto mutuo. Porque el límite, lejos de ser una barrera, puede convertirse en un puente hacia relaciones más auténticas y duraderas.
En este sentido, la asertividad no es frialdad ni dureza: es también amabilidad, entendida en su raíz como “ser amado, afectuoso”. Decir que “no” de manera asertiva significa cuidar nuestros propios derechos sin vulnerar los derechos de los demás.
La teoría de la doble culpa puede afectar nuestra autoestima, nuestra correcta valoración. La conducta no asertiva, también conocida como conducta inhibida, nos hace sentir o suponer que en muchas ocasiones vinculares que el otro tiene más poder que nosotros generando una asimetría vincular compleja que no existe, es subjetiva. Aprender a decir que “no” nos permite superar la doble culpa porque entendemos que el límite no es un acto de egoísmo, sino de coherencia con nuestro NIDO. Al respetar nuestras propias necesidades y objetivos, y al mismo tiempo reconocer los derechos de los demás, el “no” se convierte en una expresión de respeto mutuo, así como en un acto de amor.
