Observatorio de Inteligencia Artificial / Universidad Católica de Cuyo

 

La Inteligencia Artificial ya está transformando el mundo del trabajo, aunque muchas veces no se la perciba de manera directa. No siempre aparece como un despido masivo ni como la desaparición inmediata de una ocupación, sino como un cambio silencioso en la forma de trabajar. Automatiza tareas, reorganiza procesos y redefine competencias. Por eso, el verdadero impacto de la IA no se expresa tanto en la pérdida de empleos como en la transformación profunda de los roles laborales que conocíamos hasta ahora.

Durante décadas, el trabajo se organizó en torno a funciones relativamente estables: un conjunto de tareas que definían un puesto y una identidad profesional. La Inteligencia Artificial rompe esa lógica. Hoy, una misma tecnología puede redactar textos, analizar datos, optimizar decisiones, programar, diagnosticar fallas o asistir en tareas administrativas. Esto no elimina automáticamente al trabajador, pero sí modifica su lugar en la cadena de valor. El rol deja de ser operativo para volverse estratégico, interpretativo o de supervisión.

El problema aparece cuando esta transformación no es acompañada por procesos de formación y adaptación. Quienes logran incorporar la Inteligencia Artificial como herramienta amplían sus capacidades y aumentan su valor laboral. Quienes no, corren el riesgo de quedar desplazados, no porque su trabajo desaparezca, sino porque su rol deja de ser relevante. De este modo, la IA no genera solo una brecha tecnológica, sino una nueva brecha laboral basada en el acceso al aprendizaje, la reconversión y el capital cultural.

Este fenómeno impacta de manera desigual según sectores, territorios y niveles de calificación. En actividades industriales, agroindustriales o de servicios, la Inteligencia Artificial optimiza procesos, reduce errores y mejora la eficiencia, pero también exige nuevas competencias: análisis de datos, toma de decisiones informadas, trabajo interdisciplinario y pensamiento crítico. El empleo no desaparece, pero se redefine. El trabajador que antes ejecutaba ahora debe comprender, interpretar y decidir junto a sistemas inteligentes.

Aquí surge un desafío central para las organizaciones, el Estado y el sistema educativo. No alcanza con hablar de innovación tecnológica si no se discuten políticas de formación continua, reconversión laboral y protección social. La adaptación al nuevo escenario no puede quedar librada a la iniciativa individual. Sin estrategias colectivas, la Inteligencia Artificial corre el riesgo de profundizar desigualdades existentes y consolidar un mercado laboral fragmentado entre quienes pueden adaptarse y quienes quedan rezagados.

La pregunta de fondo no es si la Inteligencia Artificial reemplazará empleos, sino cómo redefine el sentido del trabajo humano. En un contexto donde las máquinas realizan tareas repetitivas con mayor rapidez y precisión, el valor diferencial de las personas se desplaza hacia la creatividad, la ética, el juicio crítico y la responsabilidad social. La IA no viene por tu trabajo. Viene por tu rol. Y la forma en que respondamos a ese cambio será decisiva para el futuro del trabajo y de la sociedad.