Por Lic. Alejandra Villagra Berrocá – Escritora

Decir que hoy se lee menos puede resultar, cuanto menos, discutible. Nunca antes en la historia de la humanidad habíamos estado tan rodeados de palabras. Leemos mensajes, comentarios, titulares, reseñas, publicaciones, notificaciones. Leemos todo el tiempo. Sin embargo, la pregunta que merece ser formulada no es cuánto leemos, sino cómo, para qué y qué leemos.

La lectura, entendida como hábito adquirido, no es una capacidad innata. Nuestro cerebro no nace preparado para leer: aprende a hacerlo con los años, a través de la práctica sostenida. Leer implica mucho más que reconocer letras; es establecer relaciones, anticipar sentidos, construir imágenes mentales, activar emociones y memorias. Cuando la lectura se convierte en hábito, el cerebro se vuelve más flexible, más atento, más capaz de comprender la complejidad. Leer fortalece la concentración, amplía el vocabulario, estimula el pensamiento crítico y, quizás uno de sus mayores aportes, desarrolla la empatía: la capacidad de ponerse en el lugar de otro.

Sin embargo, el tiempo de lectura en pantallas ha cambiado de manera significativa la forma en que procesamos la información. La lectura digital suele ser fragmentada, veloz, orientada a la respuesta inmediata. Saltamos de un texto a otro, escaneamos, buscamos palabras clave, reaccionamos. No es una lectura peor, pero sí distinta. El problema aparece cuando esta modalidad se vuelve la única posible y desplazamos la lectura profunda, aquella que exige pausa, silencio y permanencia.

Muchas veces se habla del “disgusto por la lectura”, especialmente entre niños y jóvenes. Pero quizás convenga preguntarnos: ¿qué entendemos por leer? ¿Leer es únicamente sentarse en soledad con un libro durante un tiempo prolongado? Si esa es la única imagen que sostenemos, no resulta extraño que muchos se sientan excluidos. Tal vez no haya rechazo a la lectura, sino rechazo a una forma rígida de concebirla. Leer también es interpretar un comentario, comprender un mensaje, buscar sentido en lo que otro escribe. El desafío está en ampliar esa experiencia, y no en dejarla limitada en su concepto.

Las estadísticas recientes refuerzan esta idea. En lo que fue del 2025 y comienzos de este insipiente 2026, los datos muestran que el consumo de mensajes digitales es masivo y altamente prioritario. El SMS mantiene una tasa de apertura cercana al 98%, y la gran mayoría de esos mensajes se leen y responden en menos de cinco minutos. Aplicaciones como WhatsApp son revisadas diariamente por más del 60% de la población en todo el mundo. Además, antes de tomar una decisión importante —como una compra—, una gran parte de los usuarios lee comentarios, reseñas y experiencias de otros. La lectura de lo que otros dicen se ha convertido en un factor clave de confianza.

Leer no es solo adquirir información. Es construir sentido, dialogar con otras voces, y también con uno mismo.

Estos datos no indican falta de lectura, sino un cambio en el sentido de leer. Leemos para decidir, para confirmar, para pertenecer, para responder. Leemos en función de la inmediatez. Y esto, inevitablemente, moldea nuestra manera de pensar.

Leer en pantalla tiene beneficios indudables: acceso inmediato a información, democratización del conocimiento, posibilidad de participación y diálogo. Pero también presenta contracaras que no podemos ignorar. La lectura fragmentada dificulta la atención sostenida, reduce la tolerancia al texto largo y puede generar cansancio mental. Nos acostumbramos a leer mucho, pero superficialmente.

Frente a este escenario, recuperar el valor de la lectura profunda no significa oponerse a la tecnología, sino equilibrar. Leer un libro —o un texto extenso— implica entrenar otra forma de estar en el mundo: aceptar la lentitud, tolerar la complejidad, sostener una idea sin necesidad de responder de inmediato. Es un ejercicio casi contracultural en tiempos de urgencia permanente.

Leer no es solo adquirir información. Es construir sentido, dialogar con otras voces, y también con uno mismo. Por eso, fomentar la lectura no debería centrarse únicamente en la cantidad de libros leídos, sino en la calidad de la experiencia lectora. Leer por obligación rara vez deja huella; leer cuando se encuentra sentido, sí.

Tal vez el desafío de nuestro tiempo no sea lograr que se lea más, sino lograr que se lea mejor. Que la lectura vuelva a ser un espacio de crecimiento personal. Porque, al final, leer no solo nos informa: nos forma. ¿Y usted, qué opina?