Por Jorge Reinoso Rivera – Periodista e Historiador
Nélida Haydeé Rivas (21 de abril de 1939 – 28 de agosto de 2012) nació en el hospital de Rawson, una localidad argentina del partido de Chacabuco en la provincia de Buenos Aires. Fue la única hija de José María Rivas y María Sebastiana Viva. José era obrero en la fábrica de golosinas Noel y su esposa trabajaba como portera en un edificio de departamentos.
Corría el año 1953 y el gobierno peronista no atravesaba su mejor momento. La economía vivía un momento de turbulencias, por el despilfarro del tesoro y el comienzo de la emisión de moneda sin respaldo, lo que generó un incremento de algo que no se tenía en cuenta, la inflación, y los frentes de conflicto crecían día a día. Además, Perón estaba afligido por la muerte de Evita, ocurrida el 26 de julio del año anterior.
El presidente “había caído en una profunda depresión”, explica la investigadora Araceli Bellota, en su libro Las mujeres de Perón. En ese contexto, al ministro de Educación, Armando Méndez San Martín, “se le ocurrió inventar la Unión de Estudiantes Secundarios (UES)”, una agrupación juvenil, cultural y deportiva, con dos ramas, una masculina y otra femenina, que comenzó a funcionar en la quinta presidencial de Olivos.
El funcionario a cargo de la cartera educativa “tenía la esperanza de que el general se entusiasmara con la idea y de que los jóvenes le contagiaran un poco de alegría”. Así fue que Olivos se convirtió “en un enorme club femenino”. Méndez San Martín acertó con su plan de cambiar el ánimo de Perón, ya que la “UES renovó el entusiasmo del presidente”, afirma Bellota.
Pero todo terminó en escándalo: una de las chicas de la UES era Nelly Rivas. “Quedé muda. Sentí que un escalofrío me corría por todo el cuerpo. Empecé a temblar como una hoja (…) Yo había quedado estupefacta ante su sencillez y cordialidad. Tampoco había esperado que fuera tan buen mozo”. Así describió Nélida Haydeé Rivas, “Nelly”, su primer encuentro con Perón. Nelly recordó en sus memorias que sus padres eran “demasiado pobres” para comprarle juguetes y que la primera vez que tuvieron “un pan dulce para Navidad” fue cuando Perón “decretó que se pagara a los trabajadores un aguinaldo” para esas fechas festivas, en 1946.
Siendo adolescente, Rivas participaba de las actividades organizadas por la UES en la residencia presidencial de Olivos. Rivas conoció al presidente Perón durante las actividades organizadas por la UES, cuando tenía 14 años y Perón tenía 58 y cumplía su segundo mandato presidencial. Posteriormente al derrocamiento del presidente, Rivas aceptó realizar la publicación de sus memorias y en ocasiones posteriores ha realizado otras declaraciones a periodistas e historiadores en las que brindó detalles de la relación.
Desde el círculo íntimo de Perón hicieron todo lo posible para que no se filtrara la relación con Nelly.
Ese primer encuentro impactó fuertemente en Nelly, ella mismo luego expresó las sensaciones que vivió: “Perón, en nuestra casa de trabajadores, era un dios (…) Sería una gran falsedad no reconocer que cada una de nosotras quería ser una segunda Evita”. En su libro, Bellota cuenta cómo se desarrolló la velada: “A la hora de sentarse a la mesa, todas querían estar cerca de Perón, pero él eligió a Nelly para que se ubicara a su derecha”. Los festejos se repitieron en año nuevo, en la casa que Perón tenía en San Vicente. Allí estuvo Nelly, junto con otras cuatro chicas. Fue la primera vez que Nelly durmió fuera de su casa. Su padre en principio se opuso, pero ella logró convencerlo.
Perón decide llevar a Nelly (“la Nenita”, así llamada por él), al Palacio Unzué, la residencia presidencial de Recoleta utilizada por Perón en sus dos primeros mandatos, demolida tras su caída por los uniformados de la “Libertadora”. En esa residencia Nelly almorzaba y cenaba con Perón, veía películas en el cine privado, cuidaba a los caniches “Monito” y “Tinolita” y luego, a la noche, era llevada a su casa por un chofer de presidencia.
Nelly se encariñó tanto con “Monito”, el caniche blanco, que algunos días se lo empezó a llevar a su casa. Pero el personal doméstico se quejó de que la otra perrita, “Tinolita”, la caniche gris oscura, lloraba por las noches. Esa fue la excusa perfecta que eligió Nelly para pedirle a sus padres que la dejaran mudarse a la residencia. “Con este argumento vencí la resistencia de mi padre y obtuve su permiso para establecerme en el Palacio del Presidente”, explicó sobre esto la propia Nelly. Así, pasó a ocupar el dormitorio que había pertenecido a Evita y recibía joyas y tapados de pieles regaladas por Perón.
El vínculo entre Nelly y Perón era solo conocido puertas adentro, hasta que se mostraron cercanos en Mar del Plata, en marzo de 1954, durante la inauguración del Festival Cinematográfico Internacional, un evento impulsado por Raúl Alejandro Apold, el subsecretario de Prensa y Difusión.
Félix Luna, en su libro “Perón y su tiempo III”, escribe: “Ni los mentideros de la oposición la detectaron, ni el círculo que rodeaba al presidente dejó que se filtrara. Nada se supo de esta debilidad de Perón hasta su derrocamiento” y luego comentados a medios periodísticos y publicados en sus memorias por la propia Nelly Rivas.
