Por Lic. Alejandra Villagra Berrocá
Escritora
La magia no se acaba con la Navidad, sino que se prolonga unos días más, hasta la tan esperada llegada de Melchor, Gaspar y Baltasar. Para muchos adultos, esa espera remite de manera inevitable a la propia infancia y, aun hoy, continúa transmitiéndose a los más pequeños de la familia, aunque el contexto social sea muy distinto al de otras épocas.
La llegada de los Reyes Magos constituye una de las tradiciones más antiguas y arraigadas en la Argentina. Durante generaciones, la noche del 5 de enero estuvo marcada por gestos simples y repetidos: dejar pasto y agua para los camellos, preparar los zapatos y aguardar, con ilusión, el regalo prometido. Se trata de rituales aprendidos en el seno familiar, que no requerían demasiadas explicaciones porque formaban parte de nuestra historia.
El gesto de dejar los zapatos tiene un origen antiguo. Diversas tradiciones europeas señalan que, en tiempos pasados, las personas dejaban su calzado en iglesias o espacios comunitarios para recibir limosnas. Con el tiempo, esta costumbre se trasladó a la llegada de los Reyes Magos, al encontrar los zapatos, dejaban regalos acordes a quien los esperaba. Otras versiones narran que los niños ofrecieron sus zapatos al Niño Jesús quien se encontraba descalzo, y al día siguiente recibieron un obsequio por parte de los Reyes Magos. Más allá de las variantes, el sentido tradicional permanece.
Aunque el tiempo haya pasado y las formas de celebrar se hayan modificado, la tradición sigue viva. No de manera idéntica, pero sí adaptada a las nuevas generaciones y, lo más importante, sin perder su núcleo esencial. Por eso, aún hoy, en muchos hogares argentinos se conserva la costumbre de contarles a los niños quiénes son los Reyes Magos y por qué llegan esa noche con regalos, como lo hicieron con el niño Jesús.
En los últimos años, se comenzó a resignificar esta espera. En distintos barrios y localidades del interior de país es habitual ver camionetas recorriendo las calles la noche del 5 de enero, con sirenas encendidas, música y los tres “Reyes Magos” repartiendo golosinas o pequeños regalos a los niños que salen a la vereda, para verlos pasar.
Lo relevante de esto reside en que, en un contexto donde la infancia se encuentra cada vez más atravesada por pantallas y respuestas inmediatas, la figura de los Reyes Magos sigue ofreciendo una experiencia distinta, ligada a la espera, al asombro y a la imaginación. Tal vez allí radique la vigencia de esta costumbre: en la necesidad de seguir ofreciendo a los niños un espacio para creer, imaginar y esperar. Porque, aunque las formas cambien, la magia —esa que no se compra, ni se programa— sigue encontrando la manera de llegar.
La noche del 5 de enero sigue marcada por rituales simples transmitidos en el seno familiar.
El 6 de enero, además, la Iglesia católica celebra la Epifanía del Señor, que conmemora la manifestación de Jesús al mundo, quien recibe la visita de los Reyes Magos, los cuales ofrecieron oro, incienso y mirra como signo de reconocimiento y adoración al único salvador de la humanidad. Esta celebración marca el cierre del tiempo navideño y recuerda el carácter universal del mensaje cristiano.
Los Reyes Magos siguen formando parte del paisaje cultural argentino. Atraviesan generaciones, se transforman con el tiempo y continúan presentes en la memoria colectiva, no como una imposición, sino como una tradición que persiste porque sigue siendo significativa. Seamos portadores de estas tradiciones que hicieron de nuestra infancia un momento especial.

