Por Edmundo Jorge Delgado – Magíster en Historia

Como venimos exponiendo también el mágico Día de Reyes es conmemorado por la mayoría de los pueblos de Latinoamérica. El relato bíblico de la larga marcha de aquellos Reyes de Oriente, siguiendo el sorprendente rumbo de la estrella de Belén, ha sido incorporado parcial o totalmente, a la cosmovisión de los diferentes pueblos originarios o a los grupos sociales portadores de la cultura africana. Esto es que se ha sincretizado o sintetizado con las tradiciones de otros grupos étnicos originando conmemoraciones muy típicas y coloridas, que encierran variados significados.

Un caso representativo es el festejado en la provincia de Cotopaxi, cantón de Pujilí, en Ecuador. Aquí se realiza una festividad llamada “la fiesta del pase del Niño de Isinche”, una celebración enmarcada dentro de los rituales navideños. El “Niño de Isinche” es una imagen del Niño Jesús que se encontró en el siglo XVIII. En uno de los rituales participan unos llamativos personajes que son 3 reyes: el Rey Ángel, el Rey Embajador y el Rey Mozo. Todos ellos lucen llamativas ropas de colores confeccionadas con telas de espejos. Estos reyes son niños o adolescentes que participan en una procesión, montados en hermosos caballos, también ataviados coloridamente junto a lo caporales, chinas y payasos. Los reyes le ofrecen loas al Niño Jesús y simultáneamente lanzan numerosos globos al cielo.

También en parte del Paraguay y la zona del litoral argentino existe una celebración muy emblemática. Tal festejo se remonta a la época colonial y tiene que ver con el aporte cultural de la cultura africana originaria del Golfo de Guinea. Este fiesta es una especie de veneración a los Reyes Magos, orientada a Baltasar, rey negro. El investigador Norberto Cirio ha estudiado durante años este culto y nos ha brindado importantes consideraciones. Un rasgo de esta veneración y su respectiva fiesta es que se exterioriza a través de una danza celebratoria-religiosa llamada “charanda o zemba”. Es una danza muy particular que la bailan parejas, llamadas “dama” y “damo” o promeseros. Tal baile, junto a cánticos con vocablos españoles, guaraníes o de origen desconocido, se realizan como una especie de súplicas o agradecimientos a Baltasar. Dichos pedidos tienen en general tres propósitos. Pueden ser para agradecer o solicitar “favores” a Baltasar, para que su espíritu “baje” a su imagen o para detener tempestades que suelen azotar la región.

Igualmente en toda la zona andina, especialmente en las provincias argentinas del noroeste, existen celebraciones en las que las clásicas ofrendas traídas por los reyes: oro, incienso y mirra han sido suplidas por regalos afines a esta cultura tales como arrope o ponchos blancos de lana de alpacas.

En San Juan

En nuestro medio esta celebración está o estuvo imbuida de rasgos europeos-hispánicos, no se puede hablar de sincretismo. Actualmente ha perdido ese sortilegio que tenía en antaño, pero es meritorio recordarlo.

La niñez en antaño estuvo imbuida de numerosos actos mágicos que la tornaban maravillosa y sorprendente. Uno de ellos fue el ritual de los Reyes Magos, que lamentablemente el cosmopolitismo y otros avatares del mundo moderno ha logrado diluirlo. Esa fascinante historia de los Magos de Oriente y la Estrella de Belén, símbolos inseparables de la Navidad, era referida con tanta verosimilitud por los mayores, que los niños disponían de ciertos preparativos para recibir no sólo un regalo, también generaba una actitud de encanto mezclada con curiosidad hacia esos discretos y encantadores seres bienhechores.

La tradición de los Reyes Magos fue perdiendo presencia con el avance del mundo moderno.

Con asombrosa candidez los pequeños emprendían una cuidadosa tarea que incluía, entre otras, el envío de una sincera carta solicitando ese obsequio tan anhelado. En las maravillosas mentes de los pequeños, cabía la certeza que ese celestial mensaje iba a ser leído y en lo posible complacido. Luego de la remisión de ese simple escrito, sucedían los preparativos finales: ubicar los zapatos en las cercanías de la cama donde los reyes dejarían el anhelado presente. El dormitorio se preparaba con una actitud de respeto, pues sería el sitio visitado por ellos. También algunos infantes preocupados por tan extenso viaje, disponían de algunas vituallas, para que esos extenuados camellos que trasladaban a los soberanos, recuperaran sus fuerzas y pudieran continuar con tan prodigioso itinerario.

Ya en vísperas del seis de enero los inquietos niños trataban de impedir mediante variadas artimañas, quedarse dormidos, pues deseaban vehementemente observarlos. Sin embargo la vigilia no duraba mucho tiempo, el vencedor sueño llegaba irremediablemente.

Cuando los primeros rayos del sol alumbraban la habitación, súbitamente los pequeños se encumbraban de la cama, fijando la vista en el calzado. Quizá muchos de ellos no hallaban lo deseado, pero aunque ese objeto no fuese el anhelado, seguramente no era insignificante. Detrás de él subyacía todo un mundo de fantasía y de esperanzas que lo transmutaban en algo grande y extraordinario. Ese regalo, por sencillo que haya sido, había sido tocado y traído por los Reyes Magos desde un lugar concebido como el paraíso, y por eso mismo tenían algo de singular y portentoso.