Por Claudio Larrea

Durante décadas, la pregunta sobre quién educa a nuestros hijos parecía tener una respuesta clara. La familia, la escuela y el Estado ocupaban un lugar central en la transmisión de conocimientos, valores y normas. En la Argentina, esa concepción estuvo fuertemente asociada a la figura de Domingo Faustino Sarmiento, quien pensó la educación como un pilar del desarrollo social, la ciudadanía y el progreso colectivo.

Hoy, esa misma pregunta sigue vigente, pero el escenario es muy distinto. En los hogares contemporáneos ha ingresado un nuevo actor silencioso, permanente y muchas veces invisible: la Inteligencia Artificial. Ya no se trata de una tecnología futurista ni limitada a laboratorios o grandes empresas. La IA forma parte de la vida cotidiana a través de celulares, plataformas educativas, redes sociales, buscadores, videojuegos y aplicaciones de entretenimiento que niños y adolescentes utilizan todos los días.

A diferencia de la escuela o la familia, la Inteligencia Artificial no educa de manera explícita. No explica contenidos ni transmite valores de forma directa. Educa a través de decisiones automáticas: selecciona qué información mostrar, prioriza ciertos contenidos sobre otros, sugiere actividades, organiza el tiempo de uso y define qué estímulos resultan más atractivos. Son sistemas entrenados con grandes volúmenes de datos que buscan optimizar eficiencia, atención o permanencia.

Los datos confirman que este fenómeno no es marginal. Informes recientes de la UNESCO y de la OCDE indican que entre el 60 % y el 70 % de los estudiantes secundarios en países de ingresos medios y altos utiliza herramientas digitales basadas en Inteligencia Artificial para estudiar o realizar tareas escolares. Buscadores inteligentes, asistentes de escritura y plataformas adaptativas ya forman parte del aprendizaje cotidiano.

Al mismo tiempo, estudios del Banco Mundial señalan que más de la mitad de niños y jóvenes escolarizados interactúa de manera regular con plataformas educativas que personalizan contenidos mediante IA, especialmente desde la pandemia. En muchos casos, estas decisiones pedagógicas ya no las toma una persona, sino un sistema automatizado.

Ninguna tecnología puede reemplazar el acompañamiento adulto, el diálogo y la construcción de sentido compartido.

Paradójicamente, la mayoría de los usuarios más jóvenes no es consciente de ello. La UNESCO y el BID coinciden en que más del 70 % de niños y adolescentes utiliza sistemas con Inteligencia Artificial sin identificar que está interactuando con IA. Su presencia es tan cotidiana que se vuelve invisible, lo que refuerza su influencia formativa.

Este escenario obliga a repensar qué significa educar en el siglo XXI. Así como en tiempos de Sarmiento el desafío era alfabetizar a una sociedad en transformación, hoy el reto es formar criterio en un mundo atravesado por decisiones automatizadas. No alcanza con enseñar habilidades técnicas ni con prohibir pantallas. Educar implica desarrollar pensamiento crítico, capacidad de reflexión y conciencia sobre cómo funcionan estas tecnologías y qué límites tienen.

En este contexto, la familia recupera un rol central e irremplazable. Sin embargo, el acompañamiento adulto no siempre está garantizado. Estudios regionales del BID muestran que solo entre el 30 % y el 40 % de las familias conversa de manera sistemática con sus hijos sobre el uso educativo de las tecnologías digitales. Mientras la IA avanza, el diálogo educativo en el hogar sigue siendo desigual.

De Sarmiento a la Inteligencia Artificial, la pregunta sigue siendo la misma: quién educa a nuestros hijos. La respuesta ya no es simple ni única. Pero algo permanece intacto: ninguna tecnología puede reemplazar el acompañamiento adulto, el diálogo y la construcción de sentido compartido que siguen siendo, ayer y hoy, el corazón del acto educativo.