Por Lic. Alejandra Villagra Berrocá – Escritora
Llega enero y, con él, los diversos planes vacacionales en familia, con amigos o en pareja. Durante décadas, el imaginario colectivo vinculó el descanso con el viaje: armar valijas, elegir destinos turísticos —principalmente las costas argentinas o, en algunos casos, países limítrofes— y cumplir con un itinerario que prometiera desconexión y disfrute. Parecía que solo lejos de casa era posible descansar verdaderamente.
Sin embargo, en los últimos años comenzó a consolidarse una elección diferente, menos visible pero cada vez más significativa: la de quienes deciden pasar sus vacaciones en casa. No se trata de falta de posibilidades para viajar, sino de una opción consciente que desafía ciertos mandatos sociales asociados al ocio y al consumo del tiempo libre.
En ocasiones, quedarse en casa durante el verano suele interpretarse de manera apresurada como una consecuencia directa de limitaciones económicas: la imposibilidad de afrontar gastos de hotelería, transporte, excursiones, comidas o actividades turísticas. Pero esta lectura resulta incompleta. Muchas de estas personas cuentan con la posibilidad real de viajar y, aun así, eligen no hacerlo. ¿Por qué?
Desde la psicología se reconoce que el descanso no está necesariamente ligado al desplazamiento físico, sino a la percepción subjetiva de alivio, control del tiempo y reducción de exigencias. Para algunos, viajar implica más estrés que bienestar: cumplir horarios, adaptarse a multitudes, responder a expectativas ajenas y sostener una agenda que, lejos de relajar, reproduce la lógica del año laboral. En este sentido, quedarse en casa puede ser una forma de cuidado personal, una decisión orientada a preservar la salud mental y emocional.
Vacacionar en casa permite algo que durante el año suele escasear: tiempo propio. Tiempo sin despertadores, sin compromisos impostergables, sin la presión constante de “aprovechar cada minuto”. Es la posibilidad de habitar el hogar de otra manera, resignificar los espacios cotidianos y transformarlos en verdaderos lugares de descanso.
En este contexto, surgen actividades simples pero profundamente reparadoras. La jardinería, por ejemplo, aparece como una de las prácticas más elegidas durante las vacaciones en casa. Cuidar plantas, sembrar, podar o simplemente observar el crecimiento de un jardín o de macetas en un patio o balcón tiene efectos comprobados sobre el bienestar psicológico. El contacto con la naturaleza, aunque sea en pequeña escala, reduce los niveles de ansiedad, favorece la concentración y genera una sensación de logro y calma. Estas actividades fortalecen el vínculo con el entorno inmediato y generan una sensación de arraigo. Cuidar lo que nos rodea es, en definitiva, una forma de cuidarnos a nosotros mismos. Algo similar ocurre con otras prácticas habituales de quienes vacacionan en casa: ordenar espacios postergados, leer por placer, cocinar sin apuro, retomar hobbies abandonados o compartir más tiempo con la familia y los amigos cercanos.
Otro aspecto relevante es el deseo de distanciarse de las aglomeraciones. Las playas colmadas, las rutas saturadas y los espacios turísticos sobrecargados pueden resultar agobiantes para quienes buscan silencio o, simplemente, un ritmo más pausado. Elegir quedarse en casa no implica aislamiento, sino la posibilidad de seleccionar con mayor libertad cuándo y con quién compartir el tiempo.
A esta elección, sin embargo, no siempre la acompaña la comprensión social. Para muchas personas resulta difícil aceptar que estar en casa también es vacacionar, porque durante años se construyó una idea casi única del descanso: salir, viajar, moverse, cambiar de paisaje. Desde esta lógica, quedarse parece sinónimo de “no hacer nada” o de no haber podido viajar. El problema no está en la elección en sí, sino en el significado cultural que se le asigna.
Esto se explica porque los modelos de descanso se aprenden y se reproducen. Si históricamente se asoció el disfrute con la posibilidad de viajar, entonces todo aquello que se aparte de ese esquema suele ser leído como carencia. Cuesta comprender que alguien pueda elegir quedarse cuando tiene la posibilidad de irse, porque eso obliga a revisar creencias propias: ¿realmente todos descansamos cuando viajamos? Aceptar que estar en casa también es vacacionar implica reconocer que el bienestar no es igual para todos. Hay quienes necesitan viajar, pero también hay quienes necesitan una pausa dentro de su entorno más cercano.
En definitiva, enero no siempre tiene que ser sinónimo de viaje. A veces, el mejor plan es quedarse, bajar el ritmo y permitir que el hogar se transforme, por unos días, en el mejor destino posible para cuidar la salud mental, emocional y vincular.
