Aquella noche, su depresión y otros problemas psiquiátricos que mitiga y controla con psicofármacos, la habían llevado a tomar una decisión riesgosa: duplicar la dosis de pastillas que ingería para poder pasar una noche tranquila. Pero ese efecto estuvo lejos de conseguirlo. Es que a eso de las 3 de la mañana y en todo lo dopada que estaba, empezó a sentir que la manoseaban, que le sacaban la ropa y, lo peor, que la violaban. Como pudo abrió los ojos y entonces no pudo creer lo que veía: su propio padre, sobre ella, sometiéndola. ¡¿Qué haces?!, interrogó, molesta, empujándolo y sacándoselo de encima. Entonces él partió con su ropa hasta la cocina. Allí se vistió y allí se quedó. Ella también se vistió y salió a buscarlo, tratando de entender el porqué de ese ataque ocurrido en las narices de los tres pequeños hijos de ella, que también dormían. ‘¿No sé que me pasó, se me metió el diablo en la cabeza?’, fue la explicación que intentó él. Luego de escucharlo, la joven partió como pudo hacia la casa de su hermana que vive a los pocos metros y allí le recomendaron denunciar. Esa misma madrugada partió a pie hacia la comisaría, seguida por su padre, que le rogaba dejar todo como estaba. Las súplicas de ese hombre de 57 años parecieron surtir efecto, porque la joven retornó hacia la casa que compartía con él, pero en el curso del mismo día, ya más recompuesta, se animó a poner la denuncia.


