El conflicto que hoy atraviesa la producción mundial de pasta de tomate, con tensiones entre productores italianos, chinos y argentinos, revela mucho más que una disputa comercial. Pone en evidencia la importancia de la transparencia en el origen de los alimentos, la trazabilidad y la competencia justa en mercados cada vez más globalizados y exigentes.

Las recientes investigaciones de autoridades italianas que detectaron fraude en el etiquetado encendieron las alarmas en toda la cadena productiva. El hallazgo de pasta de tomate proveniente de China, procesada y envasada en Italia para luego venderse como ‘100 % italiana”, generó un escándalo que incluyó la incautación de toneladas de puré falsamente rotulado. Para los productores europeos, el problema no es solo la importación sino la distorsión que provoca el engaño al consumidor.

Desde San Juan y Mendoza, que concentran el 83 % de la producción argentina, el tema se sigue con atención. Allí destacan que el tomate sanjuanino cuenta desde 2023 con certificación de origen y sistemas de trazabilidad avalados por el Senasa, que permiten conocer el recorrido del producto desde el campo hasta el consumidor final. Esta herramienta se vuelve clave para sostener la confianza y abrir mercados externos.

El contexto argentino presenta sus propios desafíos. La apertura comercial incrementó el ingreso de pasta de tomate china, productos italianos terminados y tomate fresco chileno. Aunque las importaciones generan presión sobre los precios internos, la reducción de superficie cultivada también responde a la falta de mercados de destino y a estrategias provinciales aún insuficientes para fortalecer la cadena productiva.

La campaña 2026 refleja esta complejidad. Mientras la temporada anterior alcanzó unas 6.000 hectáreas cultivadas, actualmente apenas ronda las 4.000 en todo el país. A ello se suma la elevada carga impositiva y el efecto de los precios internacionales que fijan un techo para la materia prima nacional.

El caso italiano demuestra que la transparencia no es solo un valor ético sino una herramienta estratégica para proteger a productores y consumidores. Argentina tiene la oportunidad de consolidar sistemas de certificación y promover reglas claras que eviten prácticas engañosas y fortalezcan la competitividad regional.

Defender la trazabilidad, impulsar acuerdos comerciales equilibrados y garantizar información veraz en las etiquetas será esencial para que el tomate argentino continúe creciendo en calidad, identidad y presencia internacional. Solo con transparencia y planificación se podrá enfrentar un escenario global cada vez más desafiante para la producción local.