24 de febrero de 2026 - 01:00

Educación y control de los adolescentes para evitar disturbios en fiestas populares

Las fiestas populares representan uno de los rasgos más valiosos de la vida social sanjuanina. Son espacios de encuentro, tradición y celebración colectiva que demandan meses de organización, inversión económica y esfuerzo humano. Sin embargo, en los últimos tiempos, estos eventos comenzaron a convivir con una preocupación creciente: los desmanes protagonizados por grupos de adolescentes que ponen en riesgo la continuidad y el sentido mismo de estas celebraciones.

Resulta prácticamente indiscutible que cada vez que se desarrolla una fiesta popular -sea religiosa, cultural o deportiva- aparecen episodios de disturbios generados mayormente por jóvenes menores de 18 años, tanto varones como mujeres. En las últimas semanas se registraron situaciones de desorden en distintos departamentos de la provincia, entre ellos Chimbas, Caucete, 25 de Mayo, Rivadavia e incluso Capital. Si bien ninguno de estos hechos derivó en consecuencias graves, fue necesaria la intervención policial y un importante despliegue de recursos para evitar que la violencia escalara.

El problema no radica en la juventud como concepto, sino en conductas específicas de grupos que ni siquiera asisten a los eventos por interés cultural o recreativo. Se trata, en muchos casos, de adolescentes que merodean los predios buscando confrontación: ajustes de cuentas personales, disputas sentimentales o simples provocaciones verbales que rápidamente derivan en peleas. Lo que comienza como una contravención menor puede transformarse, en cuestión de minutos, en un hecho delictivo con consecuencias imprevisibles.

Especialistas en conflictos sociales advierten que estas conductas suelen estar vinculadas a la falta de modelos de referencia en los hogares y a una cultura del protagonismo mal entendido, donde llamar la atención -aunque sea mediante la violencia- se convierte en una forma de reconocimiento social. A ello se suma una débil orientación familiar y la percepción de límites difusos en los espacios públicos.

Frente a este escenario, resulta imprescindible avanzar hacia controles más firmes y coordinados. No se trata únicamente de reforzar la presencia policial, sino también de establecer protocolos claros por parte de los organizadores, controles de ingreso más rigurosos y acciones preventivas que involucren a municipios, escuelas y familias. La autoridad, ejercida con criterio y anticipación, cumple una función disuasiva fundamental.

La experiencia del fútbol argentino demuestra que intervenir a tiempo es posible. Programas como Tribuna Segura permitieron recuperar cierto orden en los estadios mediante controles y sanciones concretas. Algo similar debería adaptarse a las fiestas populares, antes de que los incidentes pasen de la incomodidad al peligro real.

Cuidar estos espacios no implica restringir la participación juvenil, sino garantizar que la convivencia prevalezca sobre el conflicto. Las fiestas populares son patrimonio social y cultural; protegerlas es una responsabilidad compartida que exige decisión, prevención y autoridad legítima. Porque cuando la violencia gana terreno, pierde toda la comunidad.

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