Todavía aturdido, con el cuerpo castigado, el pelo todo revuelto, los zapatos llenos de barro y las piernas a punto de ceder al dolor tembloroso que amenaza con dejarlo en el suelo, Daniel Salvador Olivares, 50 años, empleado de una empresa de seguridad en la zona de los diques y conocedor de los secretos de los cerros, siente por fin que puede descansar. Acaba de desprenderse del abrazo de su esposa, que le acaricia el rostro, sin poder creer todavía que lo tiene ahí, pegado a ella, vivo. Olivares la mira: siente lo mismo. Todos alrededor ven ese momento y aplauden. Alguien grita “¡Viejo, qué fuerza tuviste!”, y el aplauso se redobla. El hombre entonces da un paso atrás y apoya todo su cuerpo agotado contra la 4×4 que lo acaba de traer. Toma un sorbo de agua. Mira al cielo. Y suspira. En esos dos segundos eternos, Olivares cae en la cuenta de que la crecida en la quebrada de El Palque se lo llevó puesto con compañeros y camioneta incluida, que el monstruo de barro y rocas y ramas lo devoró implacable, que logró aferrarse a unas ramas y sobrevivir por más de 30 horas a la deriva, golpeado, aguas abajo, hasta que logró salir y deambular. Y que lo encontraron, cuando su desaparición era la noticia que tenía en vilo a todo San Juan. Horas más tarde, internado y en observación en el Hospital Cantoni, de Calingasta, él mismo contaría su odisea. Su milagro. Y dos frases emergerían como marca transversal: “Era subir y bajar, y tragar agua y aguantar”, describiría, para luego sentenciar que “Tenía que salir para saber cómo estaban los demás”.

Es que en eso pensaba con desesperación Olivares mientras la crecida se lo llevaba hacia algo muy parecido a la muerte. En sus compañeros, con quienes había salido por la ventana de la camioneta cuando la mole de agua y barro la había volcado y dejado de costado. Uno de ellos se había podido poner a salvo casi de inmediato. El otro, uno más joven y recién ingresado a la empresa, no llegaba aún a un sitio seguro y lo sostenía de la mano, mientras las piernas del hombre eran tironeadas por la corriente. Por supuesto, la fuerza de la crecida furiosa pudo más. Y lo tragó el caos.

Todo lo que siguió después fue relatado por el propio Olivares en una declaración filmada que le tomó ayer cerca del mediodía el fiscal Francisco Micheltorena, a cargo de la UFI Delitos Especiales, mientras él se recuperaba en una cama del hospital calingastino.

Celebración. Olivares se abrazó con su esposa e hijos.

Lúcido y dolorido, el empleado de seguridad contó cómo la crecida los tomó de golpe cruzando la bajada de la quebrada, por Ruta 12 al sur de la Ruta 149, en Zonda, cerca de las 23,30 del jueves, mientras él y dos compañeros hacían un relevamiento como parte de las tareas que realizan para el EPSE en las instalaciones de El Tambolar.

“Al primer hilo de agua pasó bien la camioneta -narró Olivares-, pero cuando fui a pasar el segundo, se enterró y se ladeó la camioneta”. Fue ahí que oyeron el rugido del agua y, sin tiempo de reaccionar, vieron cómo la crecida se les vino encima e hizo volcar el vehículo. Como pudieron, en medio de la furia natural, salieron por las ventanillas. Jorge Luna ganó con agilidad la seguridad de la orilla. Eric Mercado, el novato del trío, cayó en un rincón semiprotegido por la camioneta que se llevaba el agua, y fue ahí que le sujetó la mano a Olivares con toda su fuerza, hasta que no pudo más.

Declaración. Contó todo desde la cama del hospital.

El hombre, que casi un día y medio después protagonizaría el milagro, fue empujado por la tromba. “Ahí entré a dar vueltas y me golpeaban cosas. Me pegaban ramas en la espalda, así, y yo manoteé algunas ramas y me las trabé en los brazos. Y eso me mantuvo flotando”, describió Olivares. A ciegas, arrastrado en esa masa y sumido en la oscuridad absoluta del barro y la noche, logró aferrarse luego a un tronco y, ya con la crecida más calmada, llegó hasta la orilla. Durmió sobre la greda de una ripiera, con los pies aferrados a juncos y más barro. Apenas amaneció volvió al agua para avanzar. Y así llegó hasta el campamento que él conoce, donde pudo emerger y esperar, sentado sobre una piedra y acercándose cada tanto al río a tomar agua, que alguien llegara a rescatarlo. El encuentro con los suyos fue una fiesta. Y toda la historia fue un milagro.

  • Los antecedentes, una de cal y una de arena

Por Federico Frías – ffrias@diariodecuyo.com.ar

DIARIO DE CUYO

Las desapariciones más recordadas en San Juan siempre terminaron con lágrimas, unas de felicidad y otras de tristeza. Eso pasó sobre todo en los dos casos más recientes, y que más empatía generaron, de personas perdidas en el campo: Julia Horn apareció muerta y Benjamín Sánchez fue hallado vivo. Una de cal y una de arena.

El caso de Julia movilizó a la provincia en mayo del año pasado. El día 23 de ese mes, la joven alemana de 19 años que visitaba el país por un programa de intercambio y voluntariado estudiantil se había dirigido en soledad al cerro Tres Marías con la idea de hacer trekking. No salió bien: minutos después de que sus padres arribaran al campamento donde estaba montado el operativo y tras varios días de intensos rastrillajes, sobre el mediodía del lunes 27 desde un helicóptero fue divisado su cadáver en un cordón de la Sierra de Marquesado, cerca del autódromo El Zonda. El cuerpo estaba en el interior de una quebrada de difícil acceso tras una caída de, al menos, 50 metros. Julia sufrió un daño al tronco cerebral producto de una subluxación que le quitó la vida.

Distinto fue lo de Benjamín, el nene que con 5 años sobrevivió una noche en el desierto. El extravío del pequeño había sido el 17 de marzo de 2017, en la zona de El Salado, Albardón, donde estaba con su familia cuando de repente, en un descuido, se alejó sin ser visto por nadie. Por la desaparición del niño se motorizó un operativo pocas veces visto en San Juan, con efectivos de casi todas las divisiones de la Policía de San Juan, de la Federal, Gendarmería, Bomberos y Defensa Civil, además de baqueanos, enduristas, deportistas y voluntarios de todos los departamentos, con drones y tecnología de primer nivel. La búsqueda duró alrededor de un día completo: un grupo que seguía las pisadas lo encontró descansando bajo la sombra de un junco, lleno de tierra. Benjamín había caminado aproximadamente 21 kilómetros. Pidió agua, preguntó por su mamá y fue llevado al Hospital Rawson, en buen estado general. Luego contó que nunca tuvo miedo y que “el viejo de la bolsa no es malo”.