Tras haber vivido la Semana Santa se llega hoy domingo a una de las mayores celebraciones cristianas, la Pascua de resurrección en la que se festeja el paso de la muerte a la vida eterna de Jesús, el hijo de Dios hecho hombre. Se trata de una festividad en la que las familias se reúnen en distintos ámbitos para recordar uno de los acontecimientos más relevantes para los creyentes, en el que Jesús venció a la muerte para dar muestra de que fue el enviado de Dios a la Tierra para salvar a los hombres de sus pecados.

Como la tradición lo indica, el domingo de Pascua debe servir para reflexionar sobre la misión que Jesús vino a cumplir al mundo y en cada uno de los mensajes que nos dejó y que siguen teniendo plena vigencia hasta ahora.

Los pedidos de que seamos misericordiosos y solidarios con el prójimo, son algunos de los principios fundamentales de la filosofía cristiana para asegurar la convivencia entre todos los hombres para que la vida en este mundo tenga un sentido positivo. Cumplir con estos mandatos nos acerca a un estado ideal de la sociedad en la que deberían desaparecer aquellos intereses mezquinos que tanto nos afectan y que hacen que los hombres no midan las consecuencias de sus acciones cuando buscan, por todos los medios, alcanzar sus objetivos propios sin interesarles lo que le pueda suceder al prójimo.

Muchas de las actitudes actuales ejercidas por quienes ostentan el poder en cualquiera de sus formas, en los ámbitos político, empresarial, gremial, o en cualquier otro sector representativo de la vida diaria, no guardan relación con las enseñanzas de Jesús manteniéndose, en muchos casos, alejados de un estilo de vida que se ve resignado con el solo propósito de cumplir objetivos que están vinculados más a las apetencias personales, el enriquecimiento desmedido y la falta de solidaridad y tolerancia al prójimo. Un semejante que muchas veces lo encontramos cerca de nosotros en nuestra propia comunidad.

Es como si todo lo que dijo el hijo de Dios no hubiese tenido ningún sentido, o que diera lo mismo tenerlo en cuenta cuando se anteponen intereses propios y egoístas en un mundo que debería acercarse al sentido de fraternidad que cada vez más se necesita.

En esta Pascua de resurrección hay que tener en claro que Cristo venció a la muerte para dejarnos un mensaje supremo, todos nuestros actos tienen trascendencia más allá de la vida terrena que pretendamos tener. Hay un deber que no podemos eludir y es la de ser mejores personas en este tiempo para aspirar a ser recordados como hombres y mujeres de bien en busca de dejar un precedente que enorgullezca a las generaciones futuras.

Vivir con alegría esta celebración es hacer que todos los cristianos del mundo sigan firme en el convencimiento de que hay una forma de estar mejor y que esto se logra demostrando todo los días que las enseñanzas de Jesús no fueron en vano y que sirven para hacernos sentir realmente humanos.