No se trata solo de cumplir con protocolos o construir edificios resistentes: hablamos de proteger la vida de miles de niños y niñas que pasan buena parte de su día en las aulas, con normas y pautas que los mantengan a salvo ante eventuales movimientos sísmicos que pueden llegar a poner en peligro su integridad física y también psíquica. Esto es lo que comprende la prevención sísmica, una disciplina que en provincias como San Juan debería estar correctamente implementada en cada una de las escuelas para evitar contratiempos en ocasión de producirse algún evento telúrico.
Los sismos son fenómenos naturales inevitables, pero sus consecuencias pueden reducirse drásticamente si se actúa con responsabilidad y previsión. Países ubicados en zonas de alta actividad sísmica, como la zona Oeste de Argentina, Japón, Chile, México o Perú, han aprendido, en ocasiones a través de tragedias, que la educación y la preparación son las herramientas más efectivas para minimizar el impacto de los terremotos. No basta con reaccionar después del desastre: la clave está en anticiparse.
Se ha dicho en numerosas ocasiones que las escuelas deben ser lugares seguros, no solo porque alojan a niños en edad escolar, sino porque, en muchos casos, también funcionan como centros de refugio o ayuda tras un desastre. Es por eso que en este ámbito la prevención sísmica es un factor de gran necesidad para evitar posibles tragedias que pueden llegar a producirse cuando no se sabe actuar ante la emergencia.
Uno de los aspectos más críticos de la prevención sísmica es la educación. Los simulacros, la capacitación docente y la formación del alumnado son tan importantes como los cimientos de concreto de un edificio escolar. Un estudiante que sabe cómo reaccionar durante un sismo tiene muchas más probabilidades de salir ileso que aquel que entra en pánico por no tener idea de qué hacer. Sin embargo, en muchas escuelas, los simulacros se hacen de manera mecánica, sin reflexionar sobre su importancia, o simplemente se omiten por falta de interés o recursos.
En este mismo aspecto también es necesario involucrar a las familias y a la comunidad. La prevención no debe quedar solo en manos del personal escolar. Padres, madres, autoridades locales y sociedad civil deben formar parte de los planes de emergencia y conocer los protocolos. La cultura de prevención es, ante todo, una construcción colectiva.
La prevención sísmica en las escuelas no puede verse como una simple formalidad.
Salvar vidas no depende de la suerte ni del azar, sino de la preparación, la voluntad política y la conciencia ciudadana.