Un extraño encuentro
Yo estaba en el bar, igual que Fabio, aunque no tuve la fortuna de que justo transitara una chica por el lugar, para que yo la mirara al pasar… esa suerte está destinada para unos pocos, me dije, mientras revolvía el café y me enredaba en uno de mis acostumbrados divagues. Además, los diez o quince hombres que jugaban a las cartas o al dominó, y ocupaban todas las mesas disponibles en el local se veían tan concentrados en sus partidas, que yo creo que ni siquiera una chica con un libro en la mano habría llamado su atención como para dedicarle una canción, como hizo el poeta…menos aún, en que una llovizna tenue pero persistente parecía envolver todo con un manto frío, en esa noche de domingo.
No sabía por qué la lluvia y los domingos me afectaban y me abatían de tal forma, que entraba a un estado de melancolía y tristeza extrema; un sentimiento que aún hoy no logro explicar. Esa noche no sería la excepción: mientras revolvía el café y mis recuerdos con la cucharita, la soledad y la nostalgia me envolvieron hasta llevarme a varios pasajes de mi vida y a otra de mis habituales distracciones: recordé a mi querida vieja con su cabello blanco y una sonrisa llena de amor; a mi padre grandote y bonachón acompañándome a jugar al fútbol; los juegos de niños con mis hermanos; mis amigos que ya partieron; algún amor que se fue; algunos que nunca llegaron a ser…y mientras paseaba despreocupado con mis pensamientos, un hombre se acercaba silencioso, observando a un lado y a otro buscando un lugar donde ubicarse. Por simple cortesía, le ofrecí compartir mi mesa que aceptó de inmediato dándome las gracias. Llamó al mozo, pidió un café y mientras se quitaba los guantes y el abrigo, yo lo observaba detenidamente.
- ¡Es él! - me dije, aprovechando mi excepcional capacidad natural para recordar y distinguir a las personas por su fisonomía.
-¡Si, es él! - volví a decirme, en una especie de charla profunda que tengo a veces conmigo mismo.
- ¡No hay dudas, es él! - me repetí una vez más, entre sorprendido y decepcionado: la sorpresa fue porque hacía mucho tiempo que no lo veía y encontrarme con él, en un bar de las afueras de la ciudad, era por lo menos un hecho increíble e inesperado; y la decepción fue porque él siempre vestía muy bien, tenía un porte elegante y muy buena presencia, y ahora se lo veía algo descuidado, con una barba de tres o cuatro días y una profunda y desorbitada mirada. No fuimos grandes amigos, pero estaba casi seguro que era él. Todavía el agua de la lluvia, discurría viboreando lentamente entre los ensortijados cabellos de su incipiente calvicie, propia de sus setenta y tantos años. Vestía un viejo y arrugado traje de color gris, una camisa celeste con el cuello desprendido y una corbata azul con círculos rojos, también vieja y arrugada. Bebía su café nervioso, con exagerada fruición, saboreando la infusión, pero haciendo el ruido característico cuando se succiona el líquido y hay un pasaje, casi imperceptible, del pocillo a la boca. Otra característica del hombre era que hablaba desordenadamente, saltando de un tema a otro, sin ningún tipo de conexión y yo, un especialista en hablar atropelladamente, me sentía incómodo al no poder seguirle el ritmo de su singular soliloquio. Para resumir el concepto podría decir que nos juntamos sin querer, dos personas que nos gustaba hablar y que ninguna de las dos sabía lo que estaba diciendo el otro. En esas circunstancias, no me pareció oportuno interrumpirlo para presentarme y preguntarle si recordaba algunos hechos que compartimos en el pasado, como aquellas peleas que tuvimos cuando nos enfrentábamos jugando al fútbol. Fueron varios altercados que no tenían nada que ver con problemas deportivos; había una disputa por temas de polleras: la chica que me gustaba a mí, también era de su agrado y viceversa y por lo general, ninguna de esas chicas fueron novias de ninguno de los dos. Además, y por suerte para ambos, cada vez que peleábamos por estos temas, siempre había algún amigo que nos separaba y la disputa no tenía mayores consecuencias.
La noche iba transitando sus fríos designios en una atmósfera densa e irrespirable por el humo de los cigarrillos. Pedimos otra vuelta de cafés y me pareció que ya estaba más tranquilo y en algún momento diría quien es y recordaría o mencionaría algún hecho relacionado con aquellos años, pero sólo habló de las inclemencias meteorológicas. Yo para no ser menos también mencioné algo sobre la lluvia y el frío y esas cosas que uno dice cuando no tiene nada que decir y creo que fue la única vez en toda la noche que estuvimos de acuerdo en lo que decíamos. Pero el tiempo transcurrió con unos baches importantes que producían una incómoda eternidad de silencios. Ya cerca de la medianoche la gente comenzó a retirarse del bar; cuando abrieron la puerta de salida, la espesa humareda se fue diluyendo lentamente y comenzó a fluir al exterior, como buscando calentar la noche, yo llamé al mozo y pagué la cuenta. El hombre se levantó, se colocó su abrigo y los guantes, y yo hice lo mismo. Cuando fue a abrazarme para despedirse, comprobé que casi éramos de la misma estatura, no los diez o quince centímetros más alto como yo lo recordaba…me dio un abrazo apretado y sincero y me dijo:
- Fue un gusto haber podido charlar y compartir un café con un amigo como usted Álvarez, después de tanto tiempo.
Lo vi tan emocionado que no creí que fuera pertinente decirle que yo no me llamo Álvarez y sólo atiné a decir:
- El gusto fue mío, amigo Gauna.
Me miró en forma extraña, moviendo su mano izquierda con los cinco dedos unidos, como diciendo que él tampoco se llamaba Gauna, y juntos salimos a la calle... había dejado de llover.
Breve perfil del autor
Alberto Ramón Lovos nació en Maipú, Mendoza, en 1951. Proyectista industrial jubilado, se convirtió en escritor impulsado por familiares y amigos, quienes lo convencieron de liberar los relatos que guardaba en su computadora. A partir de esa decisión, perfeccionó su escritura en talleres literarios, dio vida a nuevas historias y logró difundir su obra.
Ha participado en las antologías Microrrelatos Indignados (Editorial Acen, Madrid, 2012), Expreso Literario (Ediciones Culturales Mendoza, 2015), Cuentos y Poemas (Rumbos Libros, 2016), Tarjeta Roja (Editorial Huentota, 2019) y Maipú Cuenta (Letras Proyecto Editorial, 2021). Asimismo, en 2020 publicó el cuento «El gol soñado» en el diario Los Andes y en 2023 presentó su libro de relatos Mis silencios en palabras en la Feria del Libro de Mendoza.
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