Fue una tía la que, con intuición de madre, sospechó que algo no andaba bien en la casa de su hermana. Dos datos le clavaron esa espina: el hecho de que su sobrina de 12 años le dijera que estaba triste porque cada vez que su mamá partía de Valle Fértil hacia la capital sanjuanina a llevar al médico a su hermanito enfermo, su padrastro la obligaba a cargar con todas las tareas domésticas. El otro dato, más esclarecedor, fue el comentario de otro hermano menor de la nena; ese niño le dijo que en esas ocasiones, por las noches, escuchaba llorar a su hermanita porque su padrastro la llevaba a dormir con él. Cuando esa tía le contó eso a una médica, de inmediato se motorizó una averiguación con asistentes sociales que, en primer lugar, derivó en la quita de la guarda de esos dos chicos al sospechoso y su pareja. Fue durante esa separación que la nena, por teléfono, le contó a su mamá lo que su padrastro le hacía, revelándole también que antes no le había dicho nada porque no quería verla sufrir, como la vez que se había separado de su papá. Sabedor de esta circunstancia, el sujeto no apeló a amenazas de muerte ni usó armas; consiguió el silencio de la víctima diciéndole sólo que si decía algo se iba de la casa. Entonces la mujer comprendió por qué él le dijo que estaba triste porque les habían sacado los niños y que tenía ganas de matarse.

