Injustificadamente, vivimos revolcados en el desorden. Se han disipado los límites sociales. No debería ser así. Tenemos un vasto territorio incluyendo "la pampa mojada", nuestro inmenso mar, escasos habitantes y grandes recursos. La ecuación -simple- debería cerrar con buen resultado, esto es: vivir digna y esperanzadamente.
Sin embargo, subsistimos penosamente. El 40% que padece necesidades esenciales, El 60% restante, no obstante no hallarse golpeado por las penurias, está conmovido por la perspectiva sombría del colectivo nacional. Todos somos sufrientes y escépticos. ¿Por qué? No tengo licencia para ser apodíctico. Ni éste es el lugar catedrático para ello. Sencillamente, sí caben reflexiones.
En diciembre vimos una fotografía del poder político mundial. Estaban sentados a la mesa EEUU, India, China, Brasil, Europa, Sudáfrica. Fue en Copenhague, a propósito del maltratado clima del planeta. La Argentina, la octava superficie política del orbe, ausente, a pesar de que por su extensión tiene una corresponsabilidad objetiva en la cuestión climática. Sus máximas autoridades estaban, a esa hora, lanzando diatribas contra el primer juez que se atrevió a fallar en contra de un designio del Ejecutivo respecto de los medios audiovisuales.
Como nunca, aquella fotografía refleja, con sus presencias y ausencias, nuestra lastimosa realidad. Somos un país debilitado, no por una conspiración foránea, sino por nuestra propia inanidad y pequeñez de miras. Estamos crecientemente despojados de protagonismo. La principal causa, creo, es que el Viejo Vizcacha está desplazando al gaucho noble. Nos va invadiendo y abrumando el contraventor. No se puede construir nada valioso asentado sobre la transgresión sistemática.
Hemos trastrocado la temeridad: en lugar de usarla para atrevernos a cambios profundos y reformas liminares, la utilizamos para atropellar a la ley.
Soportamos una política de baja estofa, lejos de la de alta monta que reclama la oportunidad. Siempre se debe elevar la mirada, pero ello es inexorable si dan dos circunstancias: el buen momento mundial en materia financiera y comercial y la larga experiencia nativa que nos debería enseñar sobre los errores incurridos.
Seguimos como entonces y desde hace añares: se gobierna desuniendo, lanzando a unos contra otros, exacerbando rencores, revolviendo pasados ominosos, reabriendo dolores. Dando vueltas a la noria. Siempre volviendo para atrás haciendo más de lo mismo. Sobre todo, sembrando espejismos, es decir engañando.¡Inconcebible!
Para colmo, se enarbolan tan insistentemente esos trapos divisionistas, se estimula tan constantemente el conflicto que al final éste desborda. En vez de incentivar a las Pymes productivas en serio, se pergeñan planes de cooperativismo tramposo -no quiero emplear el vocablo vulgar "trucho" que apenas embozan la intención clientelar y el manipuleo electoral. Ese "cooperativismo" enciende la competencia, no para trabajar y producir más, sino para manotear más prebendas.
Detengámonos en esto: hace algunas décadas, los desocupados marchaban por trabajo. Hoy lo hacen por estas miserables canonjías. Es la patética degradación de nuestro país. Hoy el plan es la reelección en 2011. En ese ara se sacrifica todo. Inclusive, vamos a reendeudarnos por otras dos generaciones de la posteridad sólo por el objetivo de "gobernar" hasta 2015.
En la agenda de la Argentina cada vez hay menos asuntos relevantes. No se toca la educación, el entrenamiento para el trabajo, la organización de los jóvenes, sea en un voluntariado o en un servicio social obligatorio. No se aborda la indispensable disciplina colectiva. Nadie trata sobre federalismo, salvo para patentizar que ha fallecido. Ni siquiera se menciona a la integración sudamericana a pesar que el mundo entero exhibe una marcha en la dirección articuladora de los espacios regionales.
Se promueve una reforma política, pero es un disfraz para preservar el régimen vigente que penosamente sobrevive en medio del descrédito social y de la apatía cívica. Cada protesta callejera, cada conflicto directo, cada reclamo vociferante es un certificado más del fracaso del actual sistema político, incapaz de prevenir los litigios o de resolverlos en el continente institucional.
Por ahora y hablando de huevos, los de la serpiente pululan peligrosamente. Una faena será urgente: desminar la Argentina, barriendo todos esos maléficos embriones. Hay que hacerlo antes de que se multipliquen exponencialmente bajo la figura y la forma de ese temible Viejo Vizcacha. ¡Oh, José Hernández! ¿Podremos tener un Fierro siglo XXI? ¿Otro Hernández que le cante a la Patria y la yerga?
