Fin de año tiene cierta magia. Al mismo tiempo que nos envuelve de nostalgia por el año que se va, nos arropa de esperanza por lo que ha de venir. Sin poder distinguir dónde comienza una y termina la otra, ambas se entremezclan en este elixir apasionante qué es la vida misma. Añoranza y alegría batiéndose a duelo en algún recodo de nuestra mente. La nostalgia nos asegura haber vivido con plena conciencia, el tiempo que pasó. Tal como dice Chano Moreno Charpentier: "La nostalgia es un espejo que duplica lo vivido” (Tan Biónica, "Loca”, 2010) La esperanza por su parte, nos arroja irremediablemente hacia adelante. Alejada de la tristeza y todo atisbo de pesimismo, la esperanza nos permite confiar que lograremos la meta anhelada. Lo cierto es que cuando el reloj marque el inicio de un nuevo año, ambas coincidirán en un mismo tiempo. Mientras miramos por el cristal rostros y escenas ya vividas bajo el velo de la nostalgia, al mismo tiempo aguardaremos esperanzados lo que vendrá.
La nostalgia, una estación transitoria
Siempre he pensado que debemos guardar en el alma el recuerdo de personas y momentos especiales. Algo así como almacenar jazmines para perfumar el aire en períodos de aridez interior. Pero la vida que sigue girando puede atropellarnos sí quedamos anclados en el pasado. El alma no puede habitar en un estado de tristeza permanente. Recordemos que la nostalgia al fin y al cabo es un sentimiento de pena que produce la lejanía o pérdida de algo a alguien querido. Nostalgia por la ausencia de aquellos que hemos amado y ya no están físicamente entre nosotros. Nostalgia por tantos adioses sin sentido; por distancias que no se cuentan en kilómetros sino en olvidos. Cualquiera fuese la razón de la nostalgia, lo cierto es que siempre tiene algo de pena y ausencia. Pero el gran riesgo de quedar varado en la nostalgia es convertirnos en exiliados de un presente esquivo. Sin olvidar que, aferrados a un pasado idealizado por el paso del tiempo, dejamos de soñar con el futuro. No hay nostalgias buenas o malas. Lo malo de la nostalgia está en su exceso. Cuando de estación transitoria la convertimos en morada permanente del alma. Apegados al espejo retrovisor, dejamos de mirar y admirar el presente. La vida que es un don, se celebra en el ahora y se hace plena en el mañana. Aferrados al pasado se diluyen las posibilidades del hoy y los sueños de un futuro mejor.
Es año nuevo. Soltemos el pasado, los recuerdos que lastiman y los lazos que asfixian. Es tiempo de reinventarnos, superar nuestras taras y comenzar de nuevo. Por eso es bueno que brindemos y vistamos de gala cuerpo y alma para homenajear la vida, la que se fue y la que vendrá.
Es año nuevo, nos esperan trescientos sesenta y cinco días para intentar la eterna aventura de ser cada día, mejores seres humanos. Es tiempo de reiniciar aquellos proyectos que abandonamos a mitad de año cuando la desesperanza nos ahogaba. De forjarnos nuevas metas, procurar volar cada vez más alto en nuestros proyectos personales. Es época de esperanza, de creer en la magia de los sueños, de los grandes ideales, de los propósitos nobles y de las empresas temerarias por su audacia. De soltar amarras, cruzar esperanzados nuestros cercos y apostar todo a la vida. La vida es nuestra y nos pone a prueba, dice Jorge Rojas, para saber sí la quieres. Pero la vida es solo una y no vuelve (Jorge Rojas "La vida”, 2005)
Por Miryan Andújar
Abogada, docente e investigadora
Instituto de Bioética de la UCCuyo