Muchos podrán pensar que estoy mas allá de todo, que muy pocas cosas pueden alegrarme o emocionarme, sin embargo no es para tanto, no soy demostrativo, no sirvo para festejar a los gritos alzando los brazos o apretando un puño, porque soy así, de guardarme todo para adentro. Roberto Gustavo Acosta, el Beto Acosta, posee la virtud del silencio, tan propia de los genios o por lo menos de la buena gente. El silencio, el mismo que habita en cualquier potrero y tan opuesto al vertiginoso ruido de la mejor cancha oficial que guste.

Tengo testigos para certificar las vueltas olímpicas que dio el Beto Acosta con su Peñarol, con Árbol Verde, con Centenario Olímpico, con Paso de los Andes; puedo jurar que las emociones que les dio a los hinchas de Independiente Rivadavia y Murialdo de Mendoza no son nada comparadas con las hazañas que desde hace años viene realizando en cuanto campeonato de barrio se le cruza. Desde aquellas nochecitas cuando muy pibe había que escaparse de la casa paterna en el barrio Clemente Sarmiento porque los del bar Velázquez reclamaban que su pollo debía estar en el banco para que fuera espiando al titular, un tal Víctor Legrotaglie.

El Beto Acosta jamás dejará que desvirtúen su geografía, más vale la canchita de Los Andes para tirar paredes con el Pepe Bravo defendiendo los orgullosos colores de la gomería tal, tiene más pureza la camiseta de Sol Naciente, se corre más en la cancha de Casimiro con los muchachos de la Villa Belgrano, los potreros de San Juan tienen más vida, más libertad que la dudosa gloria prometida durante dos semanas en la Candela de Boca Juniors y mirando a ídolos como Madurga o el Beto Menéndez.

Una tarde en el arco sur de la cancha de Sportivo Desamparados el Beto Acosta ejecutó siete tiros libres de esquina consecutivos, en el séptimo la dejó colgada del primer ángulo, se dio tiempo para venir caminando sin euforia, en silencio, con su estilo, se plantó frente a la popular, los bohemios deliraban, los demás reconocíamos, cuando lo observé se me heló la sangre, parecía que nos miraba a los ojos a cada uno, había hecho algo de otro mundo, pero una cosa tan común para él.

Silencio, que los que amamos el fútbol sanjuanino sabemos que el Beta Acosta está en lo más alto. Silencio que el Beto Acosta metió un pase gol y los pastos se agacharán para que sea más lindo. Silencio que viene un tiro libre del Beto Acosta y los ángulos rectos se agrandarán haciendo trampa para que ese poema se convierta en gol. Silencio que el ídolo y su gente en cualquier momento explotarán y ya se sabe que no hay grito más fuerte que el de los genios y los pueblos callados.