Leonardo sospechó del sujeto que le levantó la mano a un orilla de la avenida Benavides, en Chimbas, cuando vio que antes de subir se puso una capucha en la cabeza. El sujeto pagó el boleto y se sentó a un costado, en los asientos de adelante. Y le dejó al colectivero de la línea 70 de "La Marina" esa extraña sensación de que algo escondía por otro dato: subió en una zona complicada para los colectiveros, la Villa Observatorio, en Chimbas. El chofer siguió, levantó a otra pasajera y se quedó con la pica. Hasta que el sujeto delató sus reales intenciones: apenas pasaron el triángulo formado por la unión de la Benavides, la Galíndez y la ruta 14, en Rivadavia, el sujeto sacó un enorme cuchillo de entre sus ropas y enfiló hacia donde estaba Leonardo, que no se dejó sorprender: antes de que delincuente avanzara, volanteó y pisó los frenos. Y el sujeto se fue encima del boletero. Ahi Leonardo lo agarró de la nuca y se puso de pie. Fue el momento más dramático del enfrentamiento, porque entonces el ladrón lanzó una seguidilla de cuchillazos que, de milagro, no dieron en la humanidad de Leonardo. Es más, pronto el colectivero sacó ventajas: agarró la muñeca del delincuente y le hizo soltar el cuchillo golpeándosela contra una baranda metálica. Después dominó el pleito con una violenta descarga de trompadas, que arrancaron del ladrón súplicas para que no lo siguiera golpeando.
