A propósito del Día del Periodista, recordaba en notas publicadas tiempo atrás en estas mismas paginas, mi ingreso en 1952, con 17 años, al "’atrapante, impredecible y fascinante universo del periodismo, a un mundo del que jamás iba a separarme”. Sesenta años después aquí estoy dando fe de lo que afirmé, de lo que sucedió y sigue sucediendo.
Comentaba que el umbral de entrada fue la fotografía y luego la redacción, aunque a lo largo de los años incursioné en radio y produje algunos videos para televisión.
La gran diferencia con aquellos tiempos es que no tengo frente a mi a la máquina de escribir y el papel liso y blanco, casi advirtiéndome que estamos solos, salvo algunos apuntes, y preguntándome si estoy seguro de lo que voy a escribir. En cambio ahora estoy frente a una pantalla que late, que no se guía por renglones, sino por caracteres; que está dispuesta a corregirme si me equivoco y a responderme dónde buscar la información, con sólo entrar a internet.
Por eso es que a esta altura uno no puede olvidar ese tránsito por la diaria aventura del periodismo, porque ya forma parte de la vida, consecuencia de fundirse con los sonidos y las energías de una profesión que obliga a convivir las jornadas de miles y miles de ciudadanos. Todas las actividades que se desarrollan en un pequeño poblado, en un departamento, o todos los países son volcadas y resumidas a unos centímetros.
Entonces quienes hemos gozado y sufrido ese extraño autoritarismo de la urgencia periodística sentimos que es justo y razonable que a uno lo invadan los silencios como si fuesen un íntimo mensaje dirigido hacia el pensamiento, hacia todo lo que se escribió incluidos todos los asombros, los nuestros y los que logramos interpretar para esos lectores.
En algunos momentos los años se interrelacionan con los silencios creativos y los recuerdos. Es el desafío de intentar dejar paso a la luz de la palabra escrita en páginas y paginas.
Es así que cuando, con la autoridad que conceden los años, se empieza a escudriñar más allá de los límites de la memoria, que cada vez se van acotando, uno encuentra que quizás entre las mejores notas que pudo publicar es la de haber ayudado a que en algún barrio instalen un surtidor público o la red de agua potable. O aquel día de septiembre de 1955, cuando fui a cubrir como fotógrafo lo que se vivió en San Juan por el derrocamiento del presidente Perón. O cuando con el "gordo” Galaburrí nos convertimos en corresponsales de guerra por decisión del jefe del RIM 22, coronel Crocche Sapen, en las maniobras militares en Uspallata, en la década del "60.
Tantas anécdotas que esperan turno en mi "disco rígido”, me animan a contarle a Marco Antonio Solís, que yo se donde están "mis primaveras”…en mi familia y en el periodismo.
(*) Periodista.