El escritor Philip Dick sostenía que "el instrumento básico para la manipulación de la realidad es la manipulación de las palabras. Si tú puedes controlar el significado de las palabras, puedes controlar a la gente que utiliza esas palabras". Al poco escrutar, emergen términos de uso corriente que, además de significar, parecen tener otras pretensiones. Es lo que ha estado sucediendo, desde hace años ya, con el término "popular". Dicha expresión goza de una acepción vinculada a la notoriedad, pero otra resulta bastante ominosa, orientada a justificar ciertas acciones. No exclusivamente en Argentina, sino también en diversos puntos del globo, se ha insistido en concatenar excesos y atropellos en espacios públicos con la imagen de lo "popular". De tal modo, se logra dejar así implícita una significación falsa, fraguada, consistente en que quienes protagonizan tales desmanes representan la quintaesencia de la nación, del "verdadero" pueblo, por lo que quedarían automáticamente justificados en sus acciones. Cabría acotar que ni siquiera se trata de algo innovador, sino de una distorsión que lleva milenios en incesante explotación. El abogado y pensador romano Cicerón, dos milenios hace, precisaba que "pueblo no es cualquier conglomerado de hombres reunidos de cualquier modo, sino un conglomerado de gente asociada por el consentimiento a un mismo derecho y por una comunión de intereses". Aquellos antiguos romanos tenían la sutileza de diferenciar "pueblo" (populus) de "plebe". Estos últimos viven indiferenciadamente con el pueblo, pero no participan del orden jurídico ni de los intereses de la gente común. Serían como infiltrados, indistinguibles, hasta que una determinada circunstancia se presta a su manifestación. Entonces, en cada interacción del pueblo propiamente dicho subyace la preeminencia de un objetivo común, de compartir y respetar ciertos cánones de convivencia. En otras palabras, pueblo es sinónimo de exclusión del caos en la coexistencia humana.
