La realidad inteligible de vivir es la concreción de lo que comprende y concierta la existencia humana. La acción de existir, tomada como oposición a la esencia de existir, constituye la vida misma del hombre, abarcando en simultaneidad ambas cosas. Todo lo que por impulso reflexivo nace y se produce en nosotros, con más la incidencia extraña, es lo que se absorbe como modo de vivir, proceso de nuestra manera de ser.
Esa "manera de ser" es la ejercitación continua de la personalidad, y en ello entran tanto los aspectos materiales como los espirituales, obviamente porque somos espíritu y materia, intrínseca urdimbre del ser racional.
Pero la racionalidad no proviene de lo material y su relatividad, si no de lo subjetivo, como privada instancia determinativa formada por el espíritu, la inteligencia, y el discernimiento. De estas tres índoles, en la inteligencia se precisa el criterio, al que corresponde dilucidar el por qué y el para qué de la vida.
Solamente en esa esfera se puede llegar a entender lo que significa la vida y su vivir. La escala de estimación es tan vasta, como lo es el polifacético sentir de las personas. Mientras más profundicemos en el espíritu, más se nos darán sus dones y secretos, más entenderemos el proceso de lo que es vivir, abierta el alma y lúcida la mente, a la vez.
Para algunos, apenas si la vida es un rielo en un lago insondable, que siempre les será desconocido; para otros, es la prontitud en la saciedad de sus ambiciones; los ignorantes del espíritu encuentran en el materialismo el principio y fin de su "’felicidad”; unos, apenas si notan la vida que les va y les viene sin enterarse jamás que ellos son los actores; otra parte de los humanos mancha la vida con sus intenciones sometidas a lo bajo, lo innoble, lo descabellado en sus extremos; muchos se pierden en una mediocridad, de la cual no escapan nunca, y así, de incontables suertes, el conglomerado humano vive, convive, y también subvive.
No obstante, el alma -principio sensitivo en el hombre- no se conforma con las trivialidades y mezquindades del mundo, y busca al espíritu que abriga para exaltarlo en la búsqueda de lo superior. Esto, lo elevado, desarrolla, agranda, activa e ilumina la capacidad sensitiva, permitiendo que la grandeza se arrime al corazón.
(*) Escritor.