El 2 de abril, "Día del Veterano y los caídos en la guerra en Malvinas", es una jornada cargada de afectividad y de emociones referidas a aquellos bravíos soldados que pelearon bizarramente, los que fallecieron heroicamente, junto a los que no lograron sobreponerse a las tremendas secuelas sicológicas que provoca toda guerra y terminaron quitándose la vida. Siempre es útil y conveniente recordar -y que estos recuerdos se aniden en nuestra memoria- en que condiciones combatieron nuestros soldados y las grandes hazañas que individual o colectivamente realizaron, solamente teniendo como claro ideario que aquellos australes territorios son nuestros, enseñanza que por suerte esta totalmente incorporada en nuestra historia, y que nos fueran infundidas desde la niñez. El conmovedor arrojo con que lucharon nuestros conscriptos, muchos de los cuales apenas tuvieron tiempo de ver cómo funcionaba un fusil FAL, sumado a la falta de instrucción de combate, es un tema que nos genera sentimientos encontrados: primero admiración, por la audacia que esto supone; segundo irritación y rabia, por la irresponsabilidad de quienes dirigieron esta aventura bélica.

Dentro de los episodios épicos que han quedado registrados de aquella guerra, los historiadores expresan la bravura de los Comandos de la Fuerza Aérea Sur, los artilleros del Ejército, los Comandos 601 y 602, el Batallón de Infantería de Marina Número 5 (BIM 5), con asiento en Tierra del Fuego o las huestes del RIM 25, por nombrar algunos. Otro hecho muy conocido fue la destreza e intrepidez de los aviadores argentinos, cuyas bombas, que no estaban hechas para blancos navales, no estallaron en el 50 por ciento. Junto a estas consideraciones, se suma el criminal hundimiento del ARA Belgrano, hecho que aún nos colma de impotencia, pues fue un verdadero crimen de guerra que quedó impune. Además existen cantidad de historias gloriosas, casi anónimas, de pequeños o grandes episodios que revelan la valentía de nuestros hombres. Uno de estos testimonios corresponde a uno de los tantos soldados que vivieron hechos tremendos, como Ramón Garcés, cuyas vivencias fueron recopiladas por la investigadora Eliana de Arrascaeta. El nombrado narra sus acciones en la batalla de Pradera del Ganso, en el último tramo de la guerra, cuando ya la rendición era inminente: "Yo observaba por la mira telescópica de mi cañón y de repente veo el rostro de los mercenarios (…) Venían bajando de una loma y yo les tiraba. Caían como hormigas y como hormigas seguían saliendo (…) Recuerdo el ruidito de las balas del cañón y de repente, un ruido de una explosión que pego atrás (…) Me acordé que el cañón tenía una manijita y que debía llevármela (…) porque de esa manera dejaba de funcionar (…) entonces la desenrosqué y me fui arrastrando por el piso hasta la hondonada (…) y de ahí hasta el pueblo (…) Me salvé de esa y supongo que varios argentinos también se salvaron por mis tiros a los mercenarios". Sean estas crónicas un homenaje de gratitud a todos los que combatieron en esta reciente guerra.