12 de diciembre de 2017 - 00:00

Entre el odio y la paz

El estado de odio y paz dependen de nosotros mismos, en el vencimiento de nuestras propias flaquezas, lejos de aquello que nos aprisiona al pasado. 

En estos tiempos próximos a las fiestas de navidad y año nuevo es bueno detenerse a reflexionar sobre estas palabras tan simples como complejas, como las del odio y la paz. El odio siempre hace referencia a una cierta sed de venganza, y en el fondo uno odia algo externo del otro, pero que a fin de cuentas, termina siendo una parte interna, como olvidada de uno mismo. En cambio, la paz nos hace más generosos y serenos, en los momentos tensos. Es que es fácil odiar la marca de las cosas o aquello que subyace de fondo, pero cuando el odio se encarna, cuesta mucho ir tras esas figuras concretas que expresaron en algún periodo de la historia, una cierta representatividad. Es fácil odiar una etiqueta que a las personas concretas. Caer en el ojo por ojo es crear justicia, pero también es la llave para abrir una caja de pandora, sin saber que resultados podrá deportar.

Cuando uno cae en el odio, ya sea en forma personal o social a esas figuras concretas, no está haciendo más que pretender imponer la figura del escrache público, a través de lo medios, que ataca más esa paz. Cuando se busca la paz con mucho ahínco se puede caer en excesos. No obstante, ello no implicaría caer en la ingenuidad de que todo culpable de perturbar la paz de otros, goce de impunidad. Es decir, para poner un ejemplo concreto, muchos se equivocan cuando utilizan la fuerza extrema, para restablecer un orden quebrantado. Cuando entra la lluvia de palos es porque se acabaron las gotas aliviadoras de las palabras. Puede haber en ello una intención pacifista, pero que no se traduce como tal, cuando muchos sólo violan la ley de reacción instintiva.

El odio y la paz, están terriblemente relacionados, cuando se benefician o se potencian. Para redondear, si repasamos la historia, el odio de Hitler y del pueblo alemán que apoyó la misma sed de venganza del nacional socialismo alemán contra aquellos enemigos que supuestamente quisieron destruir a esa Nación, tuvo un discurso humilde, pero que terminó alimentando al monstruo demoledor de humanidad.

Precisamente, a los discursos políticos actuales hay que evaluarlos no tanto por lo que dicen, sino por lo que hacen. Latinoamérica se debate actualmente entre dos modelos: El populismo y neoliberalismo. En tanto, algunos defienden al populismo, y otros buscan expandir el neoliberalismo. Y, la paz social no vendrá en una persecución feroz de los unos hacia los otros, sino el de intentar conjugar lo positivo y lo negativo, tanto de unos como de otros.

Buscar la ética reguladora es encontrar la templanza moderada en el actuar concreto, sin inventar enemigos, o falacias ilusas. 

La Argentina actual está inmersa en una tensión social, que cuando se odia algo, nos pone por debajo de lo odiado. La paz duradera vendrá de un país templado, libre de conflictos internos y externos; y de una paz individual, libre de ansiedades personales. El odio y la paz dependen de nosotros mismos en el vencimiento de nuestras propias flaquezas, que casi siempre huelen a pasado.

En estas fiestas frente al árbol navideño con una copa en la mano sólo reflexionemos: ¿Hasta donde nuestro actuar es en verdad desinteresado? 

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