Porque es el festejo que reúne como ninguno a la familia, la Navidad suele reservarnos varias lágrimas, ya que muchos de los nuestros pueden faltar a esa cita porque ya no están entre nosotros. Sin embargo, la sublime conmemoración seguirá siendo siempre una convocatoria al encuentro y al abrazo.
Desde ahora, me propongo apartar de la Navidad los dolores. Cuando la noche se suba al velero de los recuerdos, tomaré dulcemente las ausencias del brazo y las convocaré a recorrer los mejores momentos vividos en común. Así, la madre, el hermano, el amigo que en ese momento acuda de pie a la nostalgia, tendrá la seguridad de que le tomaremos la mano para reconocer el territorio los mejores momentos vividos; nos bañaremos en su sonrisa fácil, traeremos a la mesa triunfal sus palabras sencillas o su mirada digna; reinventaremos en esos instantes de ensueño sus dichos más amados y su compañía; nos reiremos con su risa, sabremos perfectamente que está entre nosotros, al alcance de nuestros corazones, porque las buenas memorias sólo pueden abrazar lo sano, lo noble, lo positivo.
Que nadie se rinda ante las manchas pasajeras, los dolores legítimos. Intento lograr de que esa noche esté hecha para encontrarnos y que los ausentes sean concurrentes de lujo tan sonrientes y cercanos como lo vivimos en nuestros mejores momentos con ellos.