8 de agosto de 2009 - 00:00

La libertad como valor

A días saturados de declaraciones políticas poco convincentes, de interrogantes que plantea la vida cotidiana y de inseguridades alarmantes, se suman opiniones inquietantes que parten de un funcionario público. Algo que debería ser evitado teniendo en cuenta la sensibilidad que viven los ciudadanos por las razones antedichas.

Si se le preguntara qué desea a cualquier ciudadano de este país, responderían antes que nada "tranquilidad". Sin ella, el hombre no puede poner en orden sus pensamientos y la sociedad no está en condiciones de alcanzar estándares que beneficien a todos sus integrantes.

Se escuchan promesas políticas, de manera poco original: cada uno se expone a la opinión pública como el mejor y con esa audacia se queda tranquilo. Nadie desde el poder ni desde las cúpulas políticas admite que la población argentina -como en el 2001- tiene un 37% de pobres. Más de un tercio de la población total.

Lejos de ello, algunos funcionarios castigan con sorpresas. Antonio Stiuso, director general de Operaciones de la Secretaría de Inteligencia querelló por (supuestas) calumnias e injurias a Bartolomé Mitre y Julio Saguier, directivos del diario La Nación. La medida movilizó inmediatamente la opinión de las instituciones del periodismo nacional e internacional por considerarla una agresión contra la libertad de expresión.

Miles de ciudadanos, que no tienen manera de expresarse públicamente, vivieron lo de Stiuso como un hecho grave, fuera de las normativas legales que rigen desde hace años y capaz de dañar el propósito de los argentinos de vivir en democracia. Felizmente, y pese a los laberintos políticos a veces abstrusos, el argentino no quiere otra forma de vida y ello se deduce porque, desde hace tiempo, la democracia se respira tan normalmente como el oxígeno.

No es justo que un funcionario público -sea cual fuere su talla política- ponga en vilo a la sociedad con situaciones largamente superadas. No queremos los enfoques de Venezuela, aspiramos a la conducción pública de Uruguay y Chile.

Es bueno encontrarse con la historia y dentro de ella con la ejemplar visón de un hombre. Un ejemplo de validez permanente. El 6 de enero de 1941, el Presidente Franklin D. Roosevelt pronunció un discurso ante el Congreso de los Estados Unidos de América del Norte anticipándose al bombardeo de Japón a Perl Harbor que sucedió el 7 de diciembre de ese año y que llevó a la guerra a los Estados Unidos.

En su discurso al congreso, Roosevelt hizo un planteo histórico y es que los Estados Unidos esperaban un mundo cimentado sobre cuatro libertades esenciales: La libertad de palabra; la libertad de cultos; la libertad de trabajo y la libertad de eludir el temor.

Ello fue interpretado como la libertad del hombre para expresar sus ideas, para adorar a Dios en la forma preferida, para elegir la forma de trabajar a fin de no padecer necesidad, y para evitar todo aquello que haga que la gente sufra algún temor.

La palabra clave es libertad cuyo significado es más profundo que el concepto primordial ya que hoy en día a veces se utiliza con ligereza y ante situaciones futiles.

Parecería que es más fácil entender la libertad para uno mismo y más difícil comprender el concepto de otros. Se dice que el mejor lugar para dar y enseñar libertad es el hogar, compartiendo, estimulando y produciendo libertad en los hechos de la familia. Pero no es menos cierto que el exceso de concesividad paterna ha producido y produce hechos graves con los hijos.

En este terreno, como en otros, la línea demarcatoria del límite juega un rol importante porque hay que educar a los chicos sin privarles de los gustos de su propia generación. Éste es un problema real y exige sabiduría (porque hay que saber qué pasa) paciencia y comunicación.

La comunicación hoy ha unificado al mundo y se conocen los desarrollos y las vivencias de los cinco continentes. Ello hace que el ciudadano sienta que pertenece a un mundo y a una humanidad.

Es un mundo complicado y con exigencias duras y permanentes. Pero la demanda personal no lo es menos, es más difícil: la conquista de la libertad interior.

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