1 de enero de 2022 - 00:00

Madre para siempre

El 1 de enero, al iniciar un nuevo año civil, celebramos con toda la Iglesia la solemnidad de "María Madre de Dios". Lo hacemos en el contexto navideño, porque fue en Navidad, el momento en el que "dio a luz a su hijo primogénito" (Lc 2,7), y cuando María se convirtió verdadera y plenamente en Madre de Dios. "Madre" no es un título como los demás que se le añade "exteriormente" sin incidir sobre su persona. Al contrario, se llega a ser madre pasando a través de una serie de experiencias que dejan su marca para siempre y modifican no sólo la conformación del cuerpo de la mujer, sino también la conciencia que ella tiene de sí misma. Es una de esas cosas que suceden "de una vez para siempre". En el caso de María: "una vez madre, madre para siempre". A nosotros, los sacerdotes, recuerdo que se nos decía en el momento de la ordenación: "Una vez sacerdote, sacerdote para siempre", y esto a causa del carácter que, según la doctrina católica, la ordenación sacerdotal imprime en el alma. Pero todavía más se debe decir de la mujer: una vez madre, madre para siempre. En este caso el carácter no es sólo un signo invisible dejado por este acontecimiento en el corazón o en el cuerpo, sino que es una criatura, el hijo: criatura destinada a vivir por siempre junto a la madre y a proclamarla como tal. 

Al hablar de María, la Sagrada Escritura resalta constantemente dos momentos fundamentales que, por otro lado, corresponden a los que la experiencia humana cotidiana considera esenciales para que exista una verdadera y plena maternidad: "concebir" y "dar a luz". Dice el ángel a María: "Vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo" (Lc 1,31). Estos dos momentos también están presentes en el relato de Mateo: lo "engendrado" en ella es del Espíritu Santo, y ella "dará a luz" un hijo (cf. Mt 1,20). La profecía de Isaías en la que se anunciaba esto, se expresa en los mismos términos: "Una virgen concebirá y dará a luz un hijo" (Is 7,14). El título usado en la Iglesia latina, "Madre de Dios" (Dei Genitrix) resalta más el primero de estos dos momentos, el relativo a la concepción. El título "Theotókos", usado en la Iglesia griega, resalta más el segundo, el de dar a luz (en efecto, "tíkto" significa en griego "doy a luz"). El primer momento, "el engendrar", es común al padre y a la madre; mientras que el segundo, "el dar a luz", es exclusivo de la madre. 

"Madre de Dios": un título que expresa uno de los misterios y, para la razón, una de las mayores paradojas del cristianismo. Un título que ha llenado de estupor a la liturgia de la Iglesia que, haciendo suya la turbación del antiguo pueblo de la alianza en el momento en que la gloria de Dios vino en una nube a morar en el Templo (cf. 1 Re 8,27), exclama: "Aquello que los cielos no pueden contener se ha encerrado en tus entrañas y se ha hecho hombre". "Madre de Dios" es el más antiguo e importante título dogmático de la Virgen, habiendo sido definido por la Iglesia en el Concilio de Éfeso el año 431, como verdad que todos los cristianos han de creer. Es el fundamento de toda la grandeza de María. Por eso ella no es, en el cristianismo, sólo objeto de devoción sino también de teología; es decir, forma parte de la reflexión sobre Dios porque Él está directamente implicado en la maternidad divina de María. Es también, el título más ecuménico que existe, no sólo porque ha sido definido en un concilio ecuménico, sino porque es el único que es compartido y aceptado, al menos como principio, por todas las confesiones cristianas.

Pero el título "Madre de Dios" no nos habla sólo de María, sino también de Dios. ¿Qué nos dice de Él este título mariano? Nos habla ante todo de su humildad. ¡Dios ha querido tener una madre! Y pensar que, en el desarrollo del pensamiento humano, hemos llegado a un punto en el que existen pensadores que encuentran incluso extraño y hasta ofensivo para un ser humano haber tenido una madre, porque esto significaría depender radicalmente de alguien, no haberse hecho a sí mismo, no poder proyectar enteramente la propia existencia por sí solos. Pero Dios se ha querido hacer presente silenciosamente en las entrañas de una mujer ¡Qué contraste con el dios de los filósofos! Dios se hace presente silenciosamente en las entrañas de una mujer. Verdaderamente hay que decir: esto es creíble precisamente porque es una locura; es verdad, precisamente porque es imposible; es algo divino, precisamente porque no es de hombres, dirá Tertuliano. La solemnidad de hoy nos lleva también a subrayar que la vida humana naciente siempre tiene el sello de Dios y que todo atentado contra ella, es un crimen contra su obra maestra: el hombre.

 

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