


Tampoco podemos continuar oprimiéndonos el alma, mediante la exaltación de la tecnología. El sentido de todas las cosas hace tiempo que se ha deformado, adaptándose a estas técnicas malditas, que todo lo quieren programar a su servicio y antojo. Apenas tenemos tiempo para nosotros. Vivimos para las máquinas. Ellas nos controlan y hasta nos dominan. Lamentablemente, una gran parte de la sociedad actual se ha vuelto tan estúpida como terca, tan endiosada como imbécil, jactándose del término dominador. Por ello, a mi juicio, necesitamos otra visión menos mundana y más amorosa de lo que a diario nos acontece. Para empezar, cambiemos el mercado de vidas por otros estímulos más humanos, aunque no sean productivos.
Cada día son más las personas esclavas de la maldita ciencia tecnológica. Indudablemente, internet es un pórtico abierto a un mundo atractivo y fascinante, con una fuerte influencia formativa; pero no todo lo que está al otro lado de la puerta es saludable, sano y verdadero. De hecho, televisión, videojuegos, smartphone y ordenadores, resultan en ocasiones un impedimento real al diálogo entre los miembros del hogar, al alimentar relaciones fragmentadas y alienación. De este modo, se acaban viviendo relaciones virtuales que muchas veces nos disgregan, apoderándose incluso de nuestro tiempo libre para la familia. Bien es verdad, que también hay organizaciones que quieren aprovechar su potencial para generar compasión y empatía con causas importantes. Sea como fuere, todo necesita una dimensión ética que nos ponga en el buen camino, en la buena orientación.