La semana pasada, coincidiendo con las festividades nacionales del 25 de Mayo, día en que se recuerda el primer Cabildo Abierto que dio nacimiento a algo que ignorábamos, como diría Borges, "ser argentinos", se hizo en Buenos Aires, una marcha de actores kirchneristas bajo el lema "la patria está en peligro". El lema hacía referencia al hecho reciente de que el país, por decisión de sus actuales autoridades, decidiera volver a pedir crédito al Fondo Monetario Internacional. Ese lema, "la patria está en peligro", nos hizo recordar la irónica obra de Silvina Bullrich, "los salvadores de la patria". Silvina fue una especie de Truman Capote local que se dedicó a describir en diversas y exitosos bestsellers la decadencia de su clase social y la de los gobernantes de turno. Traiciones, indiferencia, vulgaridad en sostener argumentos absurdos en debates insípidos e inconducentes, fueron reflejados en personajes de la obra homónima al título de esta nota. A lo largo de los últimos cien años o aún más, distintos personajes con otras tantas ideologías que fueron desde el anarquismo que levantaron en San Juan los primeros Cantoni, hasta los apasionados divulgadores de Marx y Engels, socialistas, nacionalistas admiradores del italiano Mussolini y hasta del alemán Hitler, se han considerado a sí mismos "salvadores de la patria". Esto siempre imaginó amenazas de agentes externos que pretendían quedarse con partes de nuestro territorio, fueran judíos, chilenos o ingleses o cambiar nuestra "forma de ser" aquel intangible llamado también "ser nacional". Justamente esa última intención habría inspirado a las dictaduras militares que sucedieron al peronismo y del otro lado a los guerrilleros que también querían "salvar la patria" del colonialismo que atribuían a Estados Unidos y la OTAN. El lema es convocante al pueblo, salvar la patria. No obstante, el tiempo nos ha enseñado que, cuando más intensamente quisieron salvarnos, más cerca estuvimos de perderlo todo. Basta con tener algo de memoria para recordar lo ocurrido cada vez que alguien, con el rótulo que fuere, se autoatribuyó la representación de los intereses de todos pretendiendo protegernos generosamente de alguna enfermedad contagiosa que siempre venía desde el exterior. Los tradicionalistas y conservadores para mantener a raya a la izquierda socialista y del otro lado los progresistas poniéndonos a salvo de los peligros del neoliberalismo. Grupos de interés que no son más que eso y que sin embargo simulan ponerse la camiseta de toda la patria para satisfacer sus intereses. No siempre son malintencionados, pero la mala intención está implícita en el rol que aspiran se les conceda, el de ser una especie de héroes que nos advierten de los males que acechan. Salvar la patria desde cualquier posición, supone ignorar la diversidad de opiniones cuyo valor se pone en juego en democracia por la única vía que el sistema reconoce, que es la cantidad a la hora de votar. Esta máxima que, es cierto, no siempre garantiza la justicia o lo más adecuado, fue observada como el valor más importante del sistema por Alexis de Tocqueville en su fantástica obra "La democracia en América" tras un viaje a Estados Unidos. Esta cantidad, esta mayoría, tiene siempre carácter circunstancial y no se pone en juego la integridad de la nación cada vez que se cambia de gobierno o de tendencias de administración.

