Saldaño es una persona alegre por naturaleza. No es de los que tiran un chiste detrás de otro, pero tiene la picardía de decir lo justo en el momento preciso para causar gracia. Arriba de la bicicleta el Chino es más bien un corredor cerebral que rara vez, sea la victoria que sea la que consigue, se lo ve demostrativo. De hecho ayer reveló que nunca antes en los 18 años que lleva compitiendo sintió lo del domingo tras ser el nuevo monarca Argentino de Ruta: "Por primera vez me emocioné. Tuve que contener las lágrimas porque si no se me caían", contó, sincero, ayer por la tarde en la casa que habita en La Bebida desde hace un año con su novia, Verónica, y el hijo de ambos, Juan, de sólo dos años.
"Muchas veces me pasaba de no entender porqué había ciclistas que ganaban cualquier carrera y se largaban a llorar. O por ahí miraban al cielo y se volvían locos. Para mí ganar es como cumplir una misión, un deber que tengo cuando me subo a la bici. Nunca soy de festejar demasiado o volverme loco. Pero el domingo fue distinto. Era cumplir el sueño de mi vida, que lo soñaba desde chico tal cual se dio: ganando cortado y levantando las manos. Cuando estaba por cruzar la meta y me acordé de esa imagen me emocioné como nunca. Tuve que contener las lágrimas porque se me caían", describió el ciclista que también contó que en su casa ya "entrena" a su heredero pensando el día de mañana que siga sus pasos.
