Si la vida corre riesgos o se pierde por algún acto delictivo ningún sistema está apto ni aquí, ni en el resto del mundo. Si la vida no se garantiza la sociedad y sus gobernantes han perdido la escala de valor que justifica la existencia misma. Por consiguiente si la vida se pierde no hay lugar para "vivir” en la virtud.
Si algo le acontece a cualquiera de nosotros que por el hecho causa un daño cual fuera, el sistema íntegro falla al punto tal de vulnerar la misma seguridad. Desde siempre nuestro país se caracterizó por proteger la vida desde las instituciones organizadas en la sociedad hasta por la familia misma. Sin embargo hoy, en numerosas familias y en la misma convivencia se ha instalado y se practica el ataque contra la vida misma, no sólo atentando contra ella sino abortándola desde su misma concepción. Es que el aprendizaje endeble y sin autoridad moral y legal se ha extendido a todos los estratos sociales. No hay lugar siquiera para aprender del error pues los aciertos cada vez son menos y traen consigo la pérdida de la estima y la autoridad.
La virtud, cualidad que imprime el carácter en la persona de tomar una posición sin perjudicar a los demás, hoy casi se ha perdido pues acontece que cada decisión que en distintas esferas se tome repercute sensiblemente sobre otros, cuando no, afectándolos.
Si analizamos el problema instalado en cualquier comunidad sobre los riesgos o falta de seguridad que corre la vida humana puede observarse que la carencia de educación y formación en principios y valores está ausente. Una comunidad puede ser muy humilde en su provisión de bienes materiales o de lo contrario mostrar sus logros resultado del trabajo, pero en uno y otro caso continúa siendo vulnerable a los ataques delictivos y desprovistos de resguardo efectivo en la ley.
Una política social seria comienza con la protección de la vida y continúa con la educación. Hay que reflexionar si nuestra sociedad está orientada en estos términos o bien prefiere sostener y consumir bienes. Las necesidades de todos los hombres son nuestras necesidades, sin embargo en varias ocasiones hay que renunciarlas a favor de valores cuyos principios son regulados por el respeto, la fidelidad, la comprensión, por la convivencia y el marco de la ley, por aquellos valores que alimentan nuestra esencia y alma misma y nos hacen ser verdaderos humanos en nuestra condición.
Vivimos en una sociedad permisiva donde en nombre de la igualdad y los derechos se pierde la autoridad, donde frente a la primacía de la condición sexual la propia identidad se confunde. Una comunidad educativa donde el padre reacciona con la maestra o el profesor sin advertir a su propio hijo que en su condición de alumno aprendiz no estudia y por ende no conoce o en definitiva, no sabe.
Jamás debería haber una muerte, ni siquiera una. Una vida vale por todas las demás, la suya, la nuestra la de aquel. Ya no se trata de seguridad sino de impedir el libertinaje. La extinción de una vida no tiene recuperación, por eso la justicia y el derecho no le puede poner precio porque mientras lo tenga siempre habrá una manera de "reparar el daño”. El actual régimen legal debe cambiar absolutamente ya que no hay convivencia posible frente a los que no quieren ajustarse a la civilización y quienes si lo aceptan.
Si la virtud no termina por ser enseñada y aprendida llegó el momento de aplicarla, pues nada que ostentando el bien común y la moral persigan estará en el error, todo lo contrario pertenece a la autoridad, es ejemplo y modelo a seguir.
Estamos viviendo situaciones donde todo se permite. De todas formas no dude en marcar los hechos pues ello no es juzgar a nadie. Recordemos que la misma historia se escribe con hechos y por lo tanto cada uno de nosotros escribe su propia historia. Vivamos en la virtud y valoremos siempre la vida.