
De no ser por el escudo ubicado sobre el único ingreso al edificio, la sede de la Asociación del Fútbol Argentino pasaría inadvertida en la híper angosta y transitada calle Viamonte, al 1372 de Capital Federal. El acceso a la casa madre del fútbol en el país marca que la era post Grondona tiene aún resabios de ese pasado. Un escritorio digno de cualquier repartición pública, con dos teléfonos alejados de la última tecnológica y un par de empleados entrados en años que hacen las veces de voceros son la carta de presentación.
Cuesta pensar que en Alemania, Italia, España e incluso en Brasil el primer contacto de los ‘visitantes’ con la sede mayor resulte tan poco atractiva. Los pisos son de un cerámico bastante desgastado por los años y a los que la palabra que mejor les sienta es renovación. En ese hall de entrada conviven tres placas gigantes de mármol, elevadas cada una a tres metros del suelo y en diferentes sectores.
Dos de ellas reflejan los planteles, cuerpo técnicos y Comité Ejecutivo de la AFA al momento de los títulos mundiales en mayores: 1978 y 1986. La tercera placa recuerda el Comité Ejecutivo en el Centenario de la AFA en 1993. En ella aparece el nombre de un sanjuanino, último sobre el costado derecho y como parte de la dirigencia figura ‘Ing. Alfredo Derito’. Todas están encabezadas por el hombre que marcó, para bien y mal, una era: Julio Humberto Grondona.
Posterior al ingreso, cinco metros más adelante, hay un sala de espera para luego pasar a cualquiera de los sitios que funcionan en la AFA. Hay vitrinas repletas de trofeos por todos lados. Desde los más curiosos hasta la réplica de la última Copa América ganada por Argentina en 1993, en Ecuador. No sobra iluminación, por el contrario. Falta la claridad que la AFA no tuvo en los últimos tiempos y que Chiqui Tapia, parte de la dirigencia que llevó al fútbol argentino a tutearse con el abismo, intentará brindarle. Todo cambia cuando se sube hasta el tercer piso, lugar del despacho del sanjuanino. Una secretaria recibe a los huéspedes de ocasión, siempre guiados por algún asesor, sino es imposible acceder a este lugar de privilegio. Una puerta con interruptor debe ser habilitada para acceder al sector de reunión del Comité Ejecutivo.
Ahí se ‘cocinan’ las decisiones de esta nueva AFA. Cada asiento tiene delante el nombre del dirigente y, en otro rasgo de que la renovación todavía está lejos de ser total, hay un timbre que acciona quien conduce las asambleas para ir dando la palabra en orden.
Tras de este lugar, repleto de focos led y con inmobiliario de madera de gran calidad, se ubica a la izquierda la oficina del presidente de la AFA. Un lugar de no más de 30 metros cuadrados. Desde que asumió Tapia no trajo muchas cosas suyas, más bien dejó las que había, tal cual reconoció. Eso sí, de Grondona no queda nada porque la familia se llevó todo apenas fue su deceso en julio del 2014. Resalta la austeridad de semejante lugar de poder no solo del fútbol argentino, sino del deporte mundial. Hay dos murales con los equipos campeones mundiales en mayores: Argentina ‘78 y México ‘86. Una bandera de la AFA se encuentra en un mástil bastante sencillo. Un teléfono negro tiene ‘el jefe’ a su izquierda. En una vitrina, dos réplicas de las Copas mundiales de mayores y otras tantas de los juveniles.
A ese lugar tan codiciado llegó Tapia el 30 de marzo pasado por primera vez. Ahí brinda la entrevista exclusiva con DIARIO DE CUYO durante 40 minutos. Va desde su infancia en Concepción a la Superliga. Cuenta sus sueños de campeón mundial y se le llenan los ojos de lágrimas cuando menciona a su viejo, Washington, la ‘persona más importante de su vida’.
Es un Tapia abierto, visceral, dispuesto a contar sus expectativas y abstraerse de las presiones. Dejar de lado una agenda repleta de reuniones con múltiples conflictos a resolver. Se lo nota entusiasmado. A sus 49 años sabe que el desafío no será sencillo, pero se apoya en su gente, la experiencia que obtuvo desde que se metió en el fútbol en su amado Barracas Central con apenas 35 años y en la fuerza que le brinda su querida Difunta Correa.
Revela por primera vez que se ve en el cargo por una docena de años, pese a que aún no cumplió siquiera el primero. Más aún sabiendo que en el fútbol todo cambia muy rápido.
La nota se cierra con la sesión de fotos y Chiqui, quien se calza para ese momento un traje turquesa y acomoda el gel en su pelo, demuestra su generosidad al posar una y otra vez. Incluso, se anima a hacerlo con un vino tinto sanjuanino en sus manos.
Pero cuando se le pide más de una vez que sonría ante las cámaras, este hombre que llegó de pibe a Buenos Aires y que empezó de barrendero y hoy manda en el fútbol argentino, muestra que hay cosas que le dejaron huellas imborrables: “Me cuesta sonreír, no es tan fácil después de los golpes que uno tuvo”. No lo dice, pero seguramente se le viene a la mente la muerte de su padre y la pérdida de su hermano. Pero ahí está, surcando los mares del planeta fútbol. Sólo el tiempo será capaz de darle su lugar en la historia. “Gracias a ustedes, un placer”, es su despedida, antes de cerrar la puerta del despacho y volver al ruedo.
