Asesino confeso. El jubilado Evaristo Molina había admitido ante el juez que él mató a Yamila Pérez.

 

Los autores de dos de los homicidios contra mujeres más resonantes cometidos en junio pasado, fueron procesados con prisión preventiva por el juez Guillermo Adárvez (Tercer Juzgado de Instrucción). Y así quedaron más cerca de enfrentar un juicio que les puede acarrear la pena máxima, perpetua, pues en ambos casos les aplicó el agravante de la violencia de género (femicidio).

Se trata del jubilado Evaristo Molina (70) y Esteban Pacheco (25).

 

Un ADN y las pericias telefónicas fueron contundentes para probar que Esteban Pacheco mató a Leila Rodríguez.

Descuartizada

Molina se había armado con un cuchillo para liquidar de 8 puntazos a Yamila Pérez (tenía 25 años, tres hijas, se prostituía y se drogaba), a quien luego le cortó los brazos y le quitó el rostro para dejarla irreconocible. El mismo Molina contó que tenía sexo por dinero con esa joven que una vez lo había delatado ante su mujer, quien lo echó de su casa. Dijo que la madrugada del 16 de junio, la joven se subió a su auto, le pidió plata y amenazó con volver a contarle a su mujer, cuando él decidió ejecutarla en inmediaciones de un baldío cercano a callejón Muñoz y Luna, Chimbas.

El juez lo procesó por homicidio doblemente agravado, por alevosía y por violencia de género. Entre las pruebas contra el sospechoso, se destacan su propia confesión, testigos, un video de cámaras de seguridad y el ADN de la víctima en un cuchillo y un pantalón de Molina, dijeron fuentes judiciales.

 

Los procesamientos contra ambos imputados no están firmes
 

Expareja

Esteban Gabriel "Wiilo" Pacheco (24) es el otro sospechoso de un homicidio agravado por violencia de género, porque la víctima fue su expareja y madre de su hija, Leila Rodríguez (24) hallada el miércoles 27 de junio pasado a un costado de un callejón muy transitado, cerca de su casa en el Lote Hogar 55, en Ullum.

Pacheco nunca se defendió con una versión de los hechos y por eso fue necesario probar que fue él y no otro el homicida. Entre las pruebas que pesaron en su contra, hubo dos fundamentales: la pericia telefónica reveló que con él se contactó hasta el momento en que desapareció, la noche del martes 26 de junio último. Y los restos de sangre en el rostro y la zona del cuello y el pecho de Leila, que resultó ser de Pacheco. Para los pesquisas, esa prueba confirmó que la sangre cayó de la mejilla derecha de Pacheco cuando ella lo rasguñó con tres uñas para defenderse. En esas uñas, también hubo ADN de Pacheco.