Vive la historia y la disfruta. Para Luis Alberto Romero, los acontecimientos históricos están relacionados con la vida cotidiana. Su padre fue uno de los historiadores argentinos más reconocidos y ahora su esposa y su hija se dedican a lo mismo. Es uno de los investigadores principales del Conicet y llegó a San Juan para recibir la distinción más importante que otorga una universidad. Fue declarado Ciudadano Ilustre de la ciudad de San Juan y de Pocito. Directo, sencillo, con una lucidez envidiable, Luis Alberto Romero no sólo vino para recibir estas distinciones, sino también dar charlas en la Facultad de Filosofía de la UNSJ, que es la institución que ayer le entregó el Doctorado Honoris Causa. Dirige el Centro de Estudios de Historia Política y esto lo lleva a hacer un análisis profundo del momento que vive el país. Todo desde su mirada de historiador. Reconoce que hay próceres que están olvidados, como Domingo Faustino Sarmiento, y hace una autocrítica al admitir que los historiadores deben esforzarse más por llegar a la gente.

-¿Cómo empezó su pasión por la Historia?.

-Mi padre era historiador (José Luis Romero). Integraba su vida a la historia. Cada cosa que hacía ocupaba un lugar en el enorme esquema que quería armar. Conviví con el trabajo cotidiano de la reflexión de un historiador. No estudié la historia sentado en un escritorio. Lo vi cómo pasaba horas hablando con los albañiles que arreglaban mi casa y que eran italianos comunistas. Mi padre preguntaba y aprendía. Si leía una novela policial, anotaba todas las ciudades y después las investigaba.

-¿Qué opina sobre el momento político que se vive en Argentina?.

-La Argentina se caracterizó en el siglo XX por la reiteración de las crisis económicas. Pero después del 2001 entramos en una etapa de crecimiento económico sostenido. Esto es en parte un problema porque ahora el desafío es hacer que todos participen de este crecimiento. Curiosamente, este país nunca había tenido un bolsón de desocupación como el que tiene desde hace 30 años. Hoy el trabajo dejó de ser una meta para los jóvenes. Este país es rico, pero está dividido en dos, como sucedía con los países latinoamericanos. El gobierno actual no plantea proyectos para el futuro. Además, para construir la democracia se necesita ciudadanos, y la escuela pública ya no cumple esta función.

-Entonces, ¿cuál es la actual misión de la escuela pública?.

-Ahora es una escuela para pobres. Tiene otras prioridades. Da de comer, contiene emocionalmente y en último lugar está la educación. Estamos desacumulando educación. Pero resolver el problema es una tarea larga, y no sólo se trata de tener recursos económicos. Hay que volver a la escuela de la integración que propuso Sarmiento. Hoy la clase media argentina se alejó por completo de la educación pública.

-Acaba de mencionar a Sarmiento, una figura controvertida, tan odiada como amada, ¿qué opina sobre él?.

-Soy un admirador de este prócer. Pero en gran parte del país, desde principios de siglo XX, Sarmiento fue el chivo expiatorio de una línea política que le adjudicó todos los males del país, de manera injusta y casi grosera intelectualmente. Pero hasta los años "60 al menos se lo discutía. Hoy se lo ignora. Para el centenario de su muerte, en 1988, en Diputados no aceptaron homenajearlo por ser una figura controvertida. El año pasado, para el Bicentenario de la Patria, el Gobierno ni si quiera lo tuvo en cuenta en la gran alegoría de la historia argentina que hicieron.

-¿Qué opina de la tendencia que hay de popularizar la historia a través de los medios de comunicación?

-Primero hay que separar a los historiadores de los que se dedican a contar el pasado. La gente consume el mito y hay quienes venden este producto, como es el caso de Felipe Pigna. Eso está bien, pero no se puede considerar como fuente de estudio a estos contadores del pasado. Por otro lado creo que los historiadores debemos aprender a llegar a la gente, para que también quiera leernos a nosotros.